16.6.06

No recuerdo el tema, pero la charla con D era agradable y fluida. Estábamos de pie en el interior de la última pieza. En eso E, amiga de D, se acercó y, mirando a su amiga con ojos chispeantes, dijo:

- Vine desde la cocina y no socialicé con nadie en el camino.

D llegó esta noche acompañada de E y de otro amigo, R, a quienes no había visto nunca. Me pareció que E no articulaba muy bien, pero en cambio sostenía con firmeza el vaso de vino en su mano. No comprendí bien el sentido de aquella declaración. El camino desde la cocina, que incluía el paso por dos piezas llenas de gente burbujeante y parlanchina, debía ofrecer no pocas oportunidades de socializar. Si eso era lo que E estaba en realidad buscando.

- ¿Por qué no socializaste? – preguntó D sonriendo.

- Pues no sé, yo sólo caminé y cuando llegué aquí me di cuenta de que no socialicé con nadie.

Seguía utilizando el verbo socializar. Pensé que se trataba de alguna instrucción repetida por su psicoanalista. Como detrás de la leve mueca de molestia creí ver que ella también sonreía, le dije, cuidándome de sonreír a mi vez:

- Pues muy mal. Vuelve a la cocina y hazlo de nuevo.

E giró sobre sus talones y desapareció entre la gente, rumbo a la cocina.

Volteé a ver a D, que reía de muy buena gana. Aunque estaba algo sorprendido, preferí no hacer comentarios al respecto, y la charla con D siguió su rumbo despejado durante algunos minutos. Al poco tiempo, E apareció de nuevo frente a nosotros:

- Lo hice otra vez.

-¿Qué cosa? – preguntó D.

- No socialicé – respondió E esta vez sin expresión en el rostro.

D soltó una nueva carcajada.

- No te preocupes – dijo al final. – La tercera es la vencida.

E me miró con sus ojos ya un poco cansados, giró sobre sí misma y volvió a desaparecer entre la gente. No volví a verla hasta bastante más tarde, cuando la vi hablando de algo que D y ella habían hecho juntas, y que al parecer la persona que la escuchaba no lograba comprender. Al final, cuando me acerqué para despedirme de los presentes, la vi de pie, junto a la mesa de los vinos y de la música, sonriente y despreocupada. D reía a pocos pasos de ella. Antes de dejar la habitación le dirigí una última mirada. E me siguió con la vista, observándome fijamente como a si fuera yo alguien muy extraño.

14.6.06

La policía de Ciudad Nezahualcóyotl (Estado de México) tiene un taller de lectura de novela negra. A los agentes se les recomiendan lecturas, y con cierta regularidad se organiza una reuniónpara intercambiar opiniones sobre los textos leídos. Me parece una muy buena idea, aunque no creo que el ejercicio vaya a cumplir con los objetivos que lo originaron. Al parecer quienes lo idearon esperan que los agentes, al leer cómo se han resuelto algunos casos policíacos famosos, aprenderán a hacer mejor su trabajo. En todo caso parece atractiva la idea de que un policía me deje tranquilo si me paso un alto porque está bien picado con la novela sobre el Goyo Cárdenas. Aunque también cabría la posibilidad de que crea ver asesinos seriales en cada peatón que no cruza la calle en las esquinas. Aún así, la lectura no puede venirle mal a nadie. Sólo falta que otras instituciones tomen el ejemplo y que, digamos, la iglesia aconseje a los recién casados su dosis de literatura erótica, o que a los hippies se les obsequie en cada playa o plaza pública su dotación de literatura existencialista. No faltaba más. Los de Lee o te madreo apoyarían sin duda la moción.
En la visita que nos hizo ayer, Guadalupe Nettel nos contó una historia. Una araña y un ciempiés se encuentran. La araña, sorprendida al ver tantos pies, pregunta: "¿pero cómo haces para caminar con tal cantidad de patas? Yo sólo tengo ocho y apenas puedo coordinar mi marcha". El ciempiés reflexiona un poco, y se encoge de hombros - por cierto, ¿cuántos hombros tiene un ciempiés? -. La araña se va finalmente, y deja a su compañero pensando en la pregunta. Cuando por fin el ciempiés decide retomar su camino, la conciencia de todas sus patas le cae encima de golpe y le impide avanzar un sólo centímetro. Nettel nos contó que algo parecido le sucede al intentar escribir un texto preconcebido por entero. Le hace falta dejar correr la pluma, olvidarse un poco de que está escribiendo. No tomárselo tan en serio. El símil con el ciempiés no es tal vez casual, si tomamos en cuenta que a Nettel le tomó ocho años terminar su novela "El huesped". Novela que, de creer a Martín Solares, los marcianos encontraron entre las ruinas de un mundo postapocalíptico, sin saber si se trataba de una cajita musical, una casa miniatura o un reloj de cenizas. Nunca supimos qué marciano le está filtrando información a Martín, pero no nos importó mucho, porque estábamos muy contentos celebrando que por fín, luego de tanta ausencia, volvió por estas tierras. ¡Bienvenido Martín!

12.6.06

Una pausa

Ojos abiertos. Oídos sellados. Biblioteca con audífonos. Adentro San Tropez y su ritmo de viaje en convertible. Canción número cuatro. Meddle. Afuera libros. Tantos libros. Frente a mí uno en particular. Plenty of Furniture. Qué significa Chippendale. Además de un garito donde bailan hombres en tanga. “I think it’s perhaps the best room I’ve ever seen”. Página 259. Pinche Dylan Thomas. Frente a mí hay un tipo con una camiseta color rosa. Una talla más chica de la correspondiente. Sobre el pecho tiene una imagen de superman. La imagen se ve algo descolorida, como si la hubiera lavado ya muchas veces. Sin embargo estoy seguro que el tipo la compró hace unos días y pagó por ella unos quince euros. Qué poco glamur tiene el euro. Toda la tradición del marco, el franco, la lira y la peseta. Todo ese valor literario por la borda. El euro es tan poético como un teléfono celular de tercera generación. La poética de la utilidad. Digamos mejor que costó doscientos pesos. O veinte dólares. Redondeando. Ese rosa suave y parejo debió costar al menos eso. Dylan Thomas. “Do you sleep here? Up there. It’s nearly twelve foot high.” Quince euros son casi veinte dólares. Meddle. Apenas seis canciones y cuánta brujería. En cambio la güera a la izquierda. Como a las diez menos cuarto. Ese top blanco y delgado. ¿Diez euros? Hay una corriente que me enfría los pies. Dylan Thomas. Pura brujería. Ahora un perro canta un blues. A mi izquierda un par de lentes con rostro pálido se pierden tras una decena de libros sobre arte italiano. Más allá alguien mantiene un libro entre sus manos mientras ve el mundial en su computadora portátil. Junto a él una antenita erecta señala su excitación. Dylan Thomas. “Are you shure you don’t love her? Of course I’m shure”.

2.6.06

Últimamente

He estado intentando escribir en una lengua que no es mi lengua materna. ¿Alguna vez ha hecho la prueba? Es horrible. Nada funciona. El efecto se parece a la incapacidad de articulación que llega con la embriaguez absoluta, con la diferencia de que se tiene perfecta conciencia de la situación, de lo cual la borrachera nos libra. Tal vez parezca exagerado si digo que nada, en verdad nada, es igual cuando se quiere construir un mundo con palabras prestadas. Es como si a uno le desencajaran el cerebro y fueran a montárselo en el cuerpo de una araña, y luego le pidieran que camine en línea recta. O como querer jugar futbol sobre hielo con zapatos de suela de vaqueta. El mareo que me produce me recuerda aquella tarde en que, ignorando las recomendaciones, bajé corriendo las escaleras desde un cuarto piso, tropezándome con los vecinos, buscando salir del edificio antes de que el fuerte terremoto que nos mecía lo destruyera por completo. Al salir a la calle, aturdido por los llantos y gritos, me di cuenta de que el espectáculo ahí afuera era aún más terrible que en el interior, aún cuando la amenaza de ser aplastado pareciera más lejana. Lo vertical y lo horizontal, que en el cubo de la escalera mantenían su crujiente inmovilidad, habían cedido. Edificios y postes de luz se erigían en caprichosas direcciones. El horizonte era el lápiz de goma de la escuela primaria. Se retorcía de dolor a lo lejos, mudo e indefenso. Nunca estuve más perdido. Permanecí en el centro de la calle, tumbado o de pie, buscando los rostros que no atinaban a encontrar su lugar en el mundo. Aquella vez el mareo y el susto tardaron tiempo en esfumarse. Espero que esta vez se vayan más pronto. Por ahora, este pequeño disparate del que me sostuve, me devuelve poco a poco el alivio de encontrarme en un lugar inexistente.

22.5.06

Berrinche en sí menor

Soy víctima de un boicot. Desde hace unos días me es imposible conectarme a unos cuantos sitios de Internet que eran, hasta hace poco, parte de mi rutina. Entre ellos están algunos diarios mexicanos y un blog, el de harmodio. ¿Qué está pasando? No tengo la menor idea. El acceso a esos mismos sitios desde otras computadoras funciona a la perfección. Funciona incluso desde la mía, cuando me cuelgo de otra conexión distinta a la de mi proveedor. Desde mi conexión, ninguna computadora, de las cuatro con que he intentado, ha logrado conectarse a exactamente los mismos sitios. Mi lógica me dice que, ergo, la culpa es de mi proveedor. En estos días de intenso encierro, en los que mi actividad más excitante del día consiste en abrir mi cuenta de correo electrónico, la situación comienza a ser desesperante. Decido agotar mis recursos antes de tener que llamar al número de servicio al cliente, que en este país se clasifica entre los artículos de lujo (0.34 euros el minuto, y puede uno estar seguro de que la llamada consumirá muchos), y voy a la página Internet de mi proveedor: NOOS (gol!: uno a cero, aprovechando la fiebre mundialista). Ahí se me proponen cinco opciones para tomar contacto con el departamento de soporte técnico: la llamada telefónica, la lista de preguntas frecuentes, el correo postal, el correo electrónico y el chat. No tardo mucho en constatar que el chat no sirve, y que las preguntas frecuentes son una sarta de tarugadas cuya respuesta incluso yo conozco. Termino enviando un correo electrónico al encargado de bolquear los canales para que los peques no vean chichis, e intento abrir de nuevo los diarios mexicanos para ver cómo hace López Obrador para convencer a Fox de que lo invite a su casa, o si a los Dorados les alcanza el baro para ponerle un asiento más al tren de la primera división. En balde. Nada funciona. Estoy tentado a tomarlo como una metáfora de lo que se puede leer sobre mi país, pero decido que sería una metáfora de muy mal gusto. Entonces me queda el pataleo. Venir al blog, que curiosamente hoy funciona bien, porque Blogger tampoco es una maravilla (¡2-0!). O aventurarme resignado, sin destino ni origen, con la enorme velocidad que permite esta carretera de información lisa y sin escollos, luminosa e interminabe, pero con las salidas tapadas.

19.5.06

Parilona

No habría podido darme cuenta, porque me pasé el día con la vista enjaulada en un 15 por 8 pulgadas, pero la noche del miércoles esta ciudad sufrió una transformación inusual: se convirtió en una fiesta. Y digo bien inusual, aunque sigamos leyendo a Hemingway, que bien lo dijo en pasado: París era una fiesta. Pero volvamos a esa noche. Yo no sospeché nada cuando dos gallegos y un harmodio me sonsacaron, y me dieron cita en un bar de la rue de Clignancourt, bajo la amenaza de que si no me apresuraba brindaría de pie y bajo la lluvia, de tan lleno que estaría el lugar. Así que me di prisa (en realidad no tanta) y llegué ahí justo para ver la repetición del gol del Arsenal. Los ánimos estaban burbujeantes, el barman muy ocupado y la tribuna dividida, pero eso sí, todos muy contentos. De alguna manera los hispanos habían logrado guardar espacio para mí, entre la concurrencia europea y africana que no supo por dónde pasó la jugada. El segundo tiempo fluyó como cerveza fresca en un caluroso día de mayo, y la angustia ante la desventaja en el marcador se convirtió en algarabía y estruendo de changos ante incendio forestal, cuando los ingleses fueron por fin doblegados, por un pintoresco y alegre Barça, en escasos seis minutos. Entonces todos fuimos hispanos, todos mentamos cabrones y joderes, todos bebimos más y mejor. Los gallegos soportaron la eufórica hispanización que les endilgaron los parroquianos, y segundos más tarde debí pasar por alto el que se nos metiera a todos, catalanes, santiaguinos, culichis y chilangos, en un mismo saco, todo con el pretexto de brindar más rápido, beber más de prisa, estar más felices más tiempo. Tan no les importó, que los gallegos tuvieron a bien invitar una ronda a toda la concurrencia, como en las películas, como los hombres. Y luego, cuando decidimos salir a la calle, fue que me di cuenta de la amplitud del escándalo. París no era una fiesta, era Barcelona, con sus colores azulgrana, sus españoles dando voces y haciendo botellón; sus ingleses vomitadores, inconscientes incluso tal vez de su derrota; con los charquitos de orín desparramados por la lluvia, los bares repletos, la gente sonriente. Parilona y su fresca noche abierta como un gran arco triunfal.

18.5.06

Una extraña aventura

En cuanto salí, a la vuelta de la e-squina, me topé de frente con Plebón, Crispo, Grabby y el señor Ud. Estaban los cuatro radiantes de calor y de bebidas alcohólicas, aunque extrañamente ligeras. Traían entre manos un plan para sabotear algo, pero aún no sabían qué. Pasamos un excelente momento reconociéndonos, recordándonos y contándonos chistes viejos. Ellos cómodamente instalados en la inercia de la noche, yo sorprendido por el encuentro, con el calor de la cama aún encima. La visión de aquellos rostros, tan lejanamente cercanos, me teletransportó. A medida que alguno de ellos movía la pequeña cámara de video, mi cuerpo se dispersaba más entre los píxeles inasibles, hasta alinearme con el nuevo ángulo de captación. Piensen ustedes en un telescopio largo como un trasatlántico, cuyo objetivo debe ajustarse para ver las dos caras de una moneda inmóvil. Así se esforzaba y ajustaba mi vista desorientada, lagrimeando de vértigo. Y mientras desde el lado de allá fluía la noche y se acababa la cerveza, del lado de acá el día se extrañaba y mi sangre sufría sed. Fui el habitante único de una estación espacial, girando alrededor de su mundo. Fui la Laika de mis sueños juveniles. Fui abducido por un ovni intraterrestre, uno que recorre el planeta en busca de habitantes desfasados. El encuentro me abandonó sobre mi silla, frente a mi pantalla, con los ojos hinchados de viajar. Miré el reloj. El tiempo retomó su curso, pero ya no fue el mismo.

16.5.06

Piñado contra impiñable

En el noroeste de México los autóctonos utilizamos un término de significado curioso, del que no conozco traducción al castellano oficial, ni a los argot de otros países de habla hispana, ni a otras lenguas. El término, aunque en realidad se trata de toda una familia de palabras, gira en torno al verbo “piñar”, que significa algo entre inspirar, impresionar o seducir, por un lado, y fascinar, engatusar o hasta casi embrujar, por otro. Con mucha frecuencia se usa el reflexivo “piñarse”, lo que habla del carácter participativo de aquel que sufre la “piñazón”, aspecto importante para definir los matices del término. Así, alguien puede piñarse con un grupo musical, con un deporte o deportista, con una ideología o con un autor. También con un amigo, una mujer o algún poderoso. El “piñado” no es sólo un admirador, un fan o un devoto. Es más que todo eso junto y, al mismo tiempo, es algo distinto. El “piñado” participa activamente en su “piñazón” (términos todos estos reconocidos por el lexicón culichi), aunque no siempre está listo para mostrarse consciente de ello. La piñazón es, además, una especie de afección. No se trata de un estatus neutro. El piñado está afectado de un estado anormal, del que en algún momento deberá salir, aún si por un tiempo se asume esa piñazón como propia de su carácter. Piñarse viene a ser algo así como auto-obsesionarse con algo, a conciencia pero fingiendo demencia, sin que esto llegue a ser una patología o un rasgo psicológico definitorio. La piñazón es casi un accidente al que todos, al menos todos los culichis (¿todos los sinaloenses?), estamos expuestos.

Desde luego, el sólo hecho de que el término exista y sea utilizado con frecuencia provoca la automática aparición de un tipo de culichi antagónico al piñado: el antipiñado, o impiñable, término éste que no existe en el habla normal, y que tal vez nunca exista, pero que se me ocurre ahora utilizar. El antipiñado es entonces una especie de escéptico poco o nada capaz de entusiasmarse con nada, especialmente con todo aquello que entusiasma normalmente a los “piñados”, y todo esto por mera vocación. Así, el impiñable vive para descalificar los entusiastas arrebatos del piñado, y trata de ridiculizarlo frente los demás. En esta actividad se nos va buena parte del tiempo y de las borracheras.

Pienso en todo esto porque hoy, como me sucede con frecuencia, recordé el consejo que me dio un buen amigo, por supuesto culichi, cuando le dije que me iba al extranjero: “loco, píñate mucho”. Por más que le doy vueltas, no logro esclarecer el significado de tal consejo. Y no es que no se me ocurran posibles interpretaciones, pero me hace falta una con un mínimo de sentido, como supuse que exigía el momento en que el consejo me fue dado.

Aunque la verdad todo esto me viene a la mente porque me preocupa que, en últimas fechas, y aquí me permito parafrasear al poeta, cuando me quiero piñar no me piño, y a veces me piño sin querer.

12.5.06

Música y pastel de choclo

Resido en esa clase de países en donde el reportero de la radio, enviado a cubrir la salida el concierto de Iggy Pop en directo para el noticiero de la noche, inicia su participación con estas palabras: “Me encuentro frente a la puerta de salida del teatro, y al parecer en el interior el volumen esta noche ha sido excesivo, puesto que vemos a muchas personas cubriéndose los oídos al salir”. “¿Y cómo ha sido la asistencia?”, pregunta el presentador de noticias como si esa fuera la respuesta que esperaba: “Ah, pues muy buena, el teatro estaba lleno y la gente contenta de ver a Iggy después de tantos años de no presentarse en nuestro país.” Por suerte, es también el tipo de países en donde uno puede acercarse a un foro-bar y la misma noche del evento conseguir dos entradas para ver en vivo a Susana Baca. ¡Impresionante! Eso se llama tener ángel, aquello se llama voz, esos son músicos con autoridad. El resto son mitades. Hasta con mis vecinos del público salí reconciliado. Yo sólo lamento que, Susana Baca y su grupo siendo originarios de Perú, haya tenido que venir a escucharlos tan lejos. Lo otro que lamento es haberme perdido la lectura de Haydée y del ínclito, y el pastel de choclo que a ver para cuándo puedo al fin conocer.

8.5.06

Escribir mata

Al parecer un blog puede servir para muchas cosas. Para contarle a los amigos nuestras rutinas más aburridas, para contarse a uno mismo sus pensamientos, o para contarle a nadie sus peores perversiones. Puede servir como forma de entrenamiento en la escritura, como terapia o para descargar las presiones que provoca todo lo que no es blog. Muchas veces, según han testimoniado los lectores de éste que ahora usted lee, el blog sirve para no trabajar. Al parecer resulta un pretexto ejemplar e inagotable. El blog, en fin, sirve para vivir. Pero aunque Nicolás Echevarría y Juan Villoro ya dijeron que Vivir mata, no se me había ocurrido pensar hasta qué punto el blog puede ayudar a morir. Jorge León escribió su blog con la esperanza de que le ayudara a morir. Jorge era pentapléjico y físicamente incapaz de quitarse la vida. Hoy Jorge León ha muerto, y aunque aún no se sabe si consiguió a través del blog la ayuda que pedía a gritos, por lo que se cuenta que hay escrito en esa página etérea parece evidente que su escritura avanzaba hombro a hombro con la muerte. No es el primero que se ayuda a sí mismo a morir escribiendo. Ya José María Arguedas escribió su última novela como se cava la propia tumba. Entre las páginas cada vez más difíciles intercalaba palazos de agónicos terrones, moribundas páginas de un diario que se deshojaba de desánimo. Hasta que no pudo más y se arrojó al fondo del hoyo negro que se abría frente a él. Antes abrió su manuscrito, escribió junto a la historia su despedida, y junto a esta cargó la pistola con la que disparó el anticipado y negro punto final. Si los buenos libros nos obligan a respetar la página en blanco. ¿Cómo se escribe un blog después de que Jorge León cavó el suyo con tal coraje y paciencia?

5.5.06

Un pato

Pasamos la noche junto al canal, alimentando una familia de patos con cacahuates viejos. Era divertido ver cómo papá pato, mamá pata y los dos patitos sumergían sus picos con prisa en el agua, tratando de atrapar los cacahuates antes de que se perdieran en el fondo turbio del canal. Los pequeños, con sus picos inexpertos, fallaban la mayor parte de los intentos. Cuando lograban atrapar una de las semillas, intentaban triturarla con cómicos movimientos, y terminaban por dejarla caer y perderla irremediablemente.
La temperatura era de 25 grados. Junto al canal una enorme colonia de humanos graznaba su alegría bajo el cielo despejado. En fila india o en círculos, giraban alrededor del canal desde el que la familia de patos, en las pausas de la lluvia de cacahuates, los miraban sin interés.
El tiempo caía acompasado sobre la tersura de la medianoche, se hundía en su tenumbra como semillas de oleaginosa tostada, buscaba sin prisa el fondo ignorado de aquel enorme estanque en el que flotaba la envoltura ya inservible de la jornada.
¿Es todos los días igual?, le pregunté a papá pato, que parecía un tipo sereno y reflexivo. Por toda respuesta, el pato cedió a su compañera el cacahuate que yo acababa de arrojar, luego se acercó a esta y mordisqueó su cuello con el ancho pico. La plumas de la pata se levantaron, y luego ésta se alejó. El pato me observó fijamente, como para asegurarse que yo prestaba atención.
Nos pusimos de pie y nos alejamos. La familia nos vió partir sin dar muestras de tristeza. Al volver la vista atrás, vi como los humanos se revolvían aún entre ellos, graznándose unos a otros con estruendo. Abriéndo amplia la boca y sonriendo se arrojaban cándidos los últimos cacahuates del paquete.


Gracias a todos por los mensajes publicados durante esta larga ausencia. A Yavax por su comentario, aunque no estoy seguro de haberlo entendido del todo. Entendí muy bien, por el contrario, el del majadero de Harmodio, pero no insistiré en el asunto, con tal de evitar que nuestros encuentros reales terminen en aburridos refritos de blogs. Del Copista me guardo el sabio consejo. Y frente a la habitual pertinencia de Pintura, no puedo más que replicar: soy un espárrago, alíñame.

6.4.06

Licor de pistacho

H.zavala miró el interior del bar. La barra alargada, el alto techo, las apretadas mesas. Era un lugar como este, dijo, donde Roberto Bolaño se me apareció en sueños y me invitó una copa: un licor de pistacho para el muchacho, había pedido el chileno al cantinero. Todos callamos, nostálgicos. Luego sucedió algo extraordinario. Ante nuestra propuesta de pedir otra ronda, h.zavala dijo: quiero un agua mineral. Nos miramos los unos a los otros. Le pedimos que confirmara lo que había dicho, y él repitió sin rastro de emoción: agua mineral. Entonces no nos cupo más duda. H.zavala estaba poseído.

Cuando la ronda llegó, con agua mineral incluida, h.poseído transmitió: les voy a contar una historia. Es una prueba para saber si los que estamos en esta mesa servimos para narradores. Yo les cuento el principio y el final, y ustedes deben intuir lo sucedido. Pueden hacerme preguntas, pero yo sólo contestaré “sí” o “no”.

No había más duda. La actitud de nuestro amigo, lo irresistible del juego propuesto, el reto despiadado y un cierto deje sudamericano en el tono de voz lo evidenciaban: Roberto Bolaño estaba entre nosotros. H.harmodio, Polo y yo no tuvimos tiempo de reaccionar, y aceptamos. De la boca de h.zavala surgieron las siguientes palabras:

“Dos amigos asaltan un banco. Durante la fuga uno de ellos resulta herido. El otro lo ayuda y juntos logran huir y refugiarse en una casa abandonada en el campo. Cuatro días después, la policía da con la casa. Al llegar encuentran, en el interior, los cadáveres de ambos ladrones y el botín. En el patio trasero había tres tumbas recién cavadas. Las tres estaban vacías. ¿Qué sucedió?”

La situación era cruelmente irresistible. Nos pusimos manos a la obra. Con h.zavala como puente, asaltamos al paciente Bolaño con preguntas. Si, no, si, no, se reía el chileno a través de la boca inexpresiva de nuestro amigo, quien sólo atinaba a beber espaciados sorbos de agua mineral.

- ¿Había alguien alrededor de la casa?

- No

- El hombre que no había sido herido en el asalto, ¿murió a tiros?

-

En un par de ocasiones los laberintos de la trampa nos pusieron contra la pared, pero logramos liberarnos del peso de la presión, y encontrar algún sí o no que nos mantuviera con vida. “Si no lo encuentran es que no sirven para escritores”, había pronunciado h.zavala, aguantando firme para ocultar la risa del chileno.

Por fin, luego de una hora de esfuerzos, y cuando h.zavala comenzaba a entrecerrar los ojos, agotadas sus energías, una afortunada combinación de síes y noes orquestada por h.harmodio y un servidor nos llevó al final de la batalla. Luego de proponer atropelladamente nuestra versión de la historia, a h.zavala se le iluminó el rostro, e irguiéndose en su asiento recobró su tono juarense para decir: ¡sí, eso es!

Estallamos en alegría, sintiéndonos librados de un mal trance, e incluso a h.zavala le volvió el color al rostro. Su voz recobró su volumen, sus ojos su picardía, y la noche continuó sin obstáculos. Sólo que la experiencia dejó secuelas en el hígado de nuestro poseído amigo, quien se vio obligado a terminar la jornada a base de aguas minerales, él que lo único que había sugerido era un pequeño licor de pistacho.

2.4.06

El viernes aprendí dos cosas: que Cali es un cantante de Perpignan, y que en El Zenith las mujeres embarazadas gozan de excelentes condiciones para ver los conciertos. Pintura me llamó a mediodía y me dijo:
- Tengo un boleto para ver a Cali.
- ¿Y ése quién es?, le pregunté.
- No sé, pero si lo quieres es tuyo.
- Bueno, contesté.
Así que a las ocho estábamos frente a la entrada del Zenith. Afuera casi no había gente. Pensé que al tal Cali no lo conocía nadie. Entramos. Las luces se apagaron en cuanto asomamos la cara al interior en busca de una butaca libre. A tientas primero, luego poco a poco acostumbrados a la oscuridad, caminamos por un pasillo hacia el escenario. A nuestor costados se divisaban las butacas todas ocupadas. ¿Qué clase de público va a un concierto como si fuera a la escuela? A las ocho de la noche todo mundo estaba bien sentadito, las manos sobre los muslos, la tarea debidamente hecha, esperando al artista.
Frente a la zona de butacas había un espacio libre, para la gente que quisiera ver el concierto de pie. Éstos eran muchos, aunque igual de ordenados que los que prefirieron las butacas. Parecía que tendríamos que unirnos a los parados, cuando a nuestra izquierda apareció un grupo de butacas libres.
- Aquí, le dije a Pintura, y nos sentamos.
Acto seguido una persona de seguridad rodeó el grupo de butacas (¿unas cuarenta?) con una cinta de plástico. Luego alcanzamos a escuchar que le decía a un grupo de jóvenes sentados detrás de nosotros: "disculpen, son lugares reservados para mujeres embarazadas". Los jóvenes abandonaron la zona sin chistar.
El tipo de la cinta se alejó. Segundos después algunas mujeres embarazadas comenzaron a ocpuar los lugares a nuestro alrededor. Pintura y yo nos miramos. Estábamos sentados justo frente al escenario, en la segunda fila de butacas. No podríamos encontrar mejor lugar para ver al tal Cali, quien quiera que fuera.
Nos quitamos las sudaderas (de cualquier forma comenzaba a hacer calor), y las acomodamos sobre el vientre de Pintura, creando un hermoso prospecto de bebé.
Cali salió por fin al escenario. Nuestro nerviosismo inicial comenzó a disiparse entre la música alegre, las bromas provinciales y la pila sin fin del cantante. Por si las dudas, cada vez que se acercaba alguien vestido de negro y con una especie de chaqueta con leyendas rojas, yo sobaba despacio la barriga de Pintura, quien me sonreía a su vez con una expresión de felicidad tan exagerada que rayaba en el idiotismo, pero que se reveló altamente convincente. Nadie nos molestó.
Cali se desgañitó, saltó, se rió del público, invitó a un par de ellos al escenario, hizo que uno de ellos cantara la Marsellesa, abusó un poco del buen oficio del ingeniero de luces (quien por cierto se llevó la noche con su trabajo), habló demasiado de Perpignan, provocó oleadas de banderitas catalanas, pataleó cuando no lloramos con la historia de su abuelo, y finalmente tomó tanto tiempo en despedirse que Pintura y un servidor decidimos olvidar el niño y las butacas y hacer una escala en el baño antes de abandonar el recinto. Al salir enviamos nuestro pensamiento y cariño a la responsable de nuestra presencia en ese lugar, nuestra querida amiga Lenis, quien se perdió de un buen concierto, pero ganó una buena cena y dos lugares en primera fila en nuestros emabarazos corazoncitos.