6.4.06

Licor de pistacho

H.zavala miró el interior del bar. La barra alargada, el alto techo, las apretadas mesas. Era un lugar como este, dijo, donde Roberto Bolaño se me apareció en sueños y me invitó una copa: un licor de pistacho para el muchacho, había pedido el chileno al cantinero. Todos callamos, nostálgicos. Luego sucedió algo extraordinario. Ante nuestra propuesta de pedir otra ronda, h.zavala dijo: quiero un agua mineral. Nos miramos los unos a los otros. Le pedimos que confirmara lo que había dicho, y él repitió sin rastro de emoción: agua mineral. Entonces no nos cupo más duda. H.zavala estaba poseído.

Cuando la ronda llegó, con agua mineral incluida, h.poseído transmitió: les voy a contar una historia. Es una prueba para saber si los que estamos en esta mesa servimos para narradores. Yo les cuento el principio y el final, y ustedes deben intuir lo sucedido. Pueden hacerme preguntas, pero yo sólo contestaré “sí” o “no”.

No había más duda. La actitud de nuestro amigo, lo irresistible del juego propuesto, el reto despiadado y un cierto deje sudamericano en el tono de voz lo evidenciaban: Roberto Bolaño estaba entre nosotros. H.harmodio, Polo y yo no tuvimos tiempo de reaccionar, y aceptamos. De la boca de h.zavala surgieron las siguientes palabras:

“Dos amigos asaltan un banco. Durante la fuga uno de ellos resulta herido. El otro lo ayuda y juntos logran huir y refugiarse en una casa abandonada en el campo. Cuatro días después, la policía da con la casa. Al llegar encuentran, en el interior, los cadáveres de ambos ladrones y el botín. En el patio trasero había tres tumbas recién cavadas. Las tres estaban vacías. ¿Qué sucedió?”

La situación era cruelmente irresistible. Nos pusimos manos a la obra. Con h.zavala como puente, asaltamos al paciente Bolaño con preguntas. Si, no, si, no, se reía el chileno a través de la boca inexpresiva de nuestro amigo, quien sólo atinaba a beber espaciados sorbos de agua mineral.

- ¿Había alguien alrededor de la casa?

- No

- El hombre que no había sido herido en el asalto, ¿murió a tiros?

-

En un par de ocasiones los laberintos de la trampa nos pusieron contra la pared, pero logramos liberarnos del peso de la presión, y encontrar algún sí o no que nos mantuviera con vida. “Si no lo encuentran es que no sirven para escritores”, había pronunciado h.zavala, aguantando firme para ocultar la risa del chileno.

Por fin, luego de una hora de esfuerzos, y cuando h.zavala comenzaba a entrecerrar los ojos, agotadas sus energías, una afortunada combinación de síes y noes orquestada por h.harmodio y un servidor nos llevó al final de la batalla. Luego de proponer atropelladamente nuestra versión de la historia, a h.zavala se le iluminó el rostro, e irguiéndose en su asiento recobró su tono juarense para decir: ¡sí, eso es!

Estallamos en alegría, sintiéndonos librados de un mal trance, e incluso a h.zavala le volvió el color al rostro. Su voz recobró su volumen, sus ojos su picardía, y la noche continuó sin obstáculos. Sólo que la experiencia dejó secuelas en el hígado de nuestro poseído amigo, quien se vio obligado a terminar la jornada a base de aguas minerales, él que lo único que había sugerido era un pequeño licor de pistacho.

2.4.06

El viernes aprendí dos cosas: que Cali es un cantante de Perpignan, y que en El Zenith las mujeres embarazadas gozan de excelentes condiciones para ver los conciertos. Pintura me llamó a mediodía y me dijo:
- Tengo un boleto para ver a Cali.
- ¿Y ése quién es?, le pregunté.
- No sé, pero si lo quieres es tuyo.
- Bueno, contesté.
Así que a las ocho estábamos frente a la entrada del Zenith. Afuera casi no había gente. Pensé que al tal Cali no lo conocía nadie. Entramos. Las luces se apagaron en cuanto asomamos la cara al interior en busca de una butaca libre. A tientas primero, luego poco a poco acostumbrados a la oscuridad, caminamos por un pasillo hacia el escenario. A nuestor costados se divisaban las butacas todas ocupadas. ¿Qué clase de público va a un concierto como si fuera a la escuela? A las ocho de la noche todo mundo estaba bien sentadito, las manos sobre los muslos, la tarea debidamente hecha, esperando al artista.
Frente a la zona de butacas había un espacio libre, para la gente que quisiera ver el concierto de pie. Éstos eran muchos, aunque igual de ordenados que los que prefirieron las butacas. Parecía que tendríamos que unirnos a los parados, cuando a nuestra izquierda apareció un grupo de butacas libres.
- Aquí, le dije a Pintura, y nos sentamos.
Acto seguido una persona de seguridad rodeó el grupo de butacas (¿unas cuarenta?) con una cinta de plástico. Luego alcanzamos a escuchar que le decía a un grupo de jóvenes sentados detrás de nosotros: "disculpen, son lugares reservados para mujeres embarazadas". Los jóvenes abandonaron la zona sin chistar.
El tipo de la cinta se alejó. Segundos después algunas mujeres embarazadas comenzaron a ocpuar los lugares a nuestro alrededor. Pintura y yo nos miramos. Estábamos sentados justo frente al escenario, en la segunda fila de butacas. No podríamos encontrar mejor lugar para ver al tal Cali, quien quiera que fuera.
Nos quitamos las sudaderas (de cualquier forma comenzaba a hacer calor), y las acomodamos sobre el vientre de Pintura, creando un hermoso prospecto de bebé.
Cali salió por fin al escenario. Nuestro nerviosismo inicial comenzó a disiparse entre la música alegre, las bromas provinciales y la pila sin fin del cantante. Por si las dudas, cada vez que se acercaba alguien vestido de negro y con una especie de chaqueta con leyendas rojas, yo sobaba despacio la barriga de Pintura, quien me sonreía a su vez con una expresión de felicidad tan exagerada que rayaba en el idiotismo, pero que se reveló altamente convincente. Nadie nos molestó.
Cali se desgañitó, saltó, se rió del público, invitó a un par de ellos al escenario, hizo que uno de ellos cantara la Marsellesa, abusó un poco del buen oficio del ingeniero de luces (quien por cierto se llevó la noche con su trabajo), habló demasiado de Perpignan, provocó oleadas de banderitas catalanas, pataleó cuando no lloramos con la historia de su abuelo, y finalmente tomó tanto tiempo en despedirse que Pintura y un servidor decidimos olvidar el niño y las butacas y hacer una escala en el baño antes de abandonar el recinto. Al salir enviamos nuestro pensamiento y cariño a la responsable de nuestra presencia en ese lugar, nuestra querida amiga Lenis, quien se perdió de un buen concierto, pero ganó una buena cena y dos lugares en primera fila en nuestros emabarazos corazoncitos.

30.3.06

Brian Eno hizo la música de Windows. ¿Brian Eno hizo la música de Windows? A ver... Brian Eno hizo... la música... de Windows. ¿La "música" de Windows? Si, sí. La música que uno escucha cuando inicia su sistema operativo (si uno trabaja con Windows), una especie de proclama celestial, un pequeño y desconcertante dardo de psicotropia que al principio, cuando uno todavía no se ha hartado de escucharlo todos los días durante muchos años, parece tener por misión reiniciarnos el cerebro. Pues esa minipieza musical fue escrita y realizada por nada menos que Brian Eno. Ayer tuve oportunidad de escuchar un album del célebre músico inglés, Here come the warm jets, grabado en 1973. Quedé gratamente sorprendido por la mezcla de una cierta crudeza, un rock setentero de primera intención, con la vena experimental que siempre ha motivado el trabajo de Eno. En la primera canción se puede escuchar una intención casi ácida, adornada con una improvisación que recuerda, o más bien anticipa, aquel solo de guitarra de "El borrego" de Café Tacuba, ese ingenioso speed metal anti-neopunk. Fue comentando esa experiencia que me enteré de que el mismo Eno de los solos desafinados había hecho el famosísimo jingle que ayudó tal vez a hacer de Bill Gates el hombre más rico del mundo. Fue Harmodio el que me pasó el dato. Por cierto, loco, Eno participó en efecto en tres discos de Bowie: Low, Heroes y Lodger. En cuanto a la colaboración entre músicos e industria, y la consecuente sobredosis de Eno, sólo puedo por ahora citar a otro de los enriquecidos con ayuda del talento de Brian: "She moves in mysterious ways".

25.3.06

Excursión a Alfortville

Nos perdimos en Alfortville. Recorrimos durante poco más de una hora las calles de esta ciudad, embebida en la zona suburbana de París, bajo una lluvia intermitente y puntillosa, sin lograr que alguien nos diera una información válida. El Teatro de Alfortville parecía no haber existido nunca. El 80 por ciento de los interrogados afirmó, con una frase rápida y evasiva, no conocer el rumbo. ¿Tan mal visto es vivir en Alfortville? Nos preguntábamos. ¿O qué es lo que hace que las calles de esta extraña ciudad se pueblen de forasteros nerviosos? Fue finalmente un barman - dios bendiga a los bares y sus barmen - quien, saliendo de detrás de su barra, nos indicó cómo llegar a la calle Anatole France. La obra había por supuesto comenzado, pero por suerte con retraso, y Arul y yo pudimos ver la segunda mitad del espectáulo.
Ana, que sobresalía en el coro, junto al escenario, nos miró con seriedad significativa caundo nos vio buscar un asiento. Desde luego no podía sonreirnos mientras interpretaba una melodía tan dramática, a mitad de una obra de Brecht. Pero había en sus ojos algo que buscaba respuestas. Yo puse cara de yo no fui y señalé a Arul, aturdido por el impacto de las voces y aquellos rostros deformados por el maquillaje.
Cuando la pieza terminó, uno por uno todos los integrantes del coro y los actores, e incluso el director, me preguntaron por qué había llegado tan tarde. La puerta estaba situada justo frente al escenario, y habíamos tenido el buen tino de entrar en un momento de calma y exceso de iluminación, de modo que todos se dieron cuenta. Para colmo la excusa de Arul pronto perdió fuerza, pues se enteraron de que él había llegado un día antes a la ciudad, y que el que tenía las indicaciones para llegar al teatro era yo.
Sólo uno de ellos, a quien saludé al final, acercándome mansamente con una excusa en la punta de la lengua, no se percató del retraso. ¡Ah!, le dije frente a Ana, buscando un punto a mi favor. ¡Por fin uno que estaba concentrado en su trabajo, en lugar de estar pendiente de la puerta de entrada! Extrañado, él contestó: Para nada, soy de lo más distraído. Lo que sucede es que soy miope y no veo un carajo.


23.3.06

Cené en la casa de Flaubert. Sí, sí. Gustave Flaubert. Yo, que casi siempre reniego de esa manía que tienen las grandes ciudades de abanicarse, siempre a destiempo, con la gloria de a quienes en otro tiempo ignoraron o rechazaron, me quedé boquiabierto frente a la placa que presidía la puerta del edificio. Ahí vivió Gustave Flaubert entre 1856 y 1869. Ara nos había invitado a cenar a su casa, pero no nos advirtió sobre este detalle. Subí al departamento y antes incluso de saludarla le pregunté por Flaubert. Ah, sí. Había olvidado decirlo, pero él vivió ahí, en ese mismo departamento. Probablemente esa pieza que estaba a mi izquierda, y por cuyo ventanal se veía el Boulevard du Temple, había sido su estudio. Tal vez su mirada se perdía entre las ramas del árbol que se alzaba justo en frente, o espiaba a las señoritas en las ventanas al otro lado de la calle. Yo me imaginé a Mme Bovary viniendo del fondo del departamento, desde la cocina, soñadora y esbelta, con paso de sombra, y acercándose hasta el escritorio en que Gustave se arrancaba los pelos corrigiendo esa cadencia al caminar por millonésima vez. El parqué crujía bajo los pies de Emma, y volvía ininteligibles las explicaciones de Ara. Aún así escuché que Salammbô y La educación sentimental fueron escritas ahí mismo. No pude sacarme en toda la noche la sensación de ser espiado, de ser socarronamente puesto frente a mis propias reticencias de incrédulo, para ver cómo reacciono cuando me veo acorralado. Al fin me decido a proponerlo. Sin tomarlo muy en serio, los ahí reunidos aprueban, y probablemente lo olvidan en el acto. Yo no puedo dejar de pensar en ello, día y noche, vida y sueño. La próxima vez, conseguiremos ayuda, invitaremos a Charles y Emma Bovary, Mâtho y Salammbô, Fréderic Moreau y Marie Arnoux. Haremos una sesión espiritista. Invocaremos al espíritu de Flaubert.

20.3.06

"Los Caimanes"

El meñique izquierdo está volcado sobre el dedo vecino. Se encarama sobre él como si buscara cruzar la fila de dedos hasta el otro lado del pie, donde aguarda el dedo mayor, gordo y sucio. Marco tiene las piernas subidas en la mesa de centro y masca chicle mientras mira distraído hacia el techo. Sus dedos recuerdan un grupo de cachorros recién nacidos. Rechonchos y torpes buscan apoyo como queriendo saltar desde lo alto de la sandalia, demasiado pequeña. Reclinado en el sillón individual, que siempre nos gana pues es el anfitrión, Marco mueve los pies a un lado y a otro con lentitud.

- ¿A qué hora llega Jaime? – pregunta.

Yo me encojo de hombros.

- Ya tiene una hora de retraso – dice mientras hace girar su cabeza en pequeños círculos.

Hace calor. En la esquina de la habitación hay un ventilador que barre el espacio. Cuando apunta hacia mí su brisa me adormece. Los pocos segundos en que recibo su aliento me bastan para casi disfrutar del calor. Pero luego sigue su camino y se dirige hacia Marco, y de inmediato mi cuerpo se desespera bajo el aire caliente y húmedo. Es como una droga. Si alguien me lo quitara de enfrente sería capaz de matarlo. Bueno, es un decir. Porque aparte de Marco y yo en esta casa no hay nadie, y no veo quién pueda venir, con el calor que hace ahí afuera, para apagar el ventilador. De modo que puedo confiar en que nada me hará levantarme de aquí por ahora.

- ¿Vistes el concierto? – pregunta Marco.

- No.

- ¿Cómo no?… ¿Qué concierto?

Su rostro está a mi izquierda. Frente a mí sus pies y sus dedos trenzados. No quiero girar la cabeza, que ya logré acomodar perfectamente en el respaldo. Giro entonces los ojos todo lo que puedo. Su rostro aparece incierto, deforme, pero adivino su expresión. Me mira fijamente.

- ¿De qué concierto te estoy preguntando? ¿Sabes de qué concierto estoy hablando? – insiste.

Considero su pregunta durante algunos segundos. Tal vez unos treinta.

- No – contesto.

- ¿Entonces por qué me dices que no lo has visto?

Es domingo. Nuestro ensayo semanal se ve de nuevo amenazado por las ausencias y los retrasos. Estamos esperando a Jaime y Olegario. Jaime siempre viene tarde. El problema es saber con cuántas horas de retraso llegará. Olegario no viene desde hace tres semanas. Cuando le reclamamos dice que para nosotros es fácil culparlo, Marco que vive aquí mismo, y yo que vivo en la casa de al lado. Pero él viene de lejos cargando el tololoche. Y mientras tanto Marco debe regresar esta misma tarde la tarola que le prestó su tío.

Marco vuelve a mecer los pies sobre la mesa a izquierda y derecha, tranquilamente, mientras infla el chicle y hace bombitas coloradas. Frente a él la ventana deja pasar la luz brillante de la calle. Al seguir los pies de Marco me doy cuenta de que imita, tal vez inconscientemente, el ritmo del ventilador. Ahora Marco comienza a tararear una canción. Este hombre lleva el ritmo en las venas.

- ¿Entonces?

- ¿Qué?

- ¿No quieres saber qué concierto te perdiste en la tele?

Pienso unos segundos.

- No – contesto.

La espera adormece. Cierro los ojos. Allá, desde la casa de la Julia, se escucha Ramón Ayala. Qué dedos los de Ramón. Y este aire bueno. El calor es una hamaca grande y pegajosa. Se mece con vaivenes largos, largos. La Gladis llega y se mete conmigo en la hamaca, se acurruca a mi lado. Me hace “piojito” con sus dedos suaves. Nos despierta el ruido de una pick-up que pasa por la calle. El ruido triturado de las piedras bajo los neumáticos. Pero el cabrón pasa muy rápido. La nube de polvo que levanta se mete por la ventana. Un olor a tierra seca llena la habitación. Aguanto la respiración con los ojos cerrados. Cuando los abro Marco sigue sentado, la vista clavada hacia el frente, como ido. Su dedo meñique comienza a desesperarse. Da saltitos sobre el dedo de al lado como si quisiera quitarlo del camino de una vez.

Jaime entra como un fantasma y pone su acordeón sobre el suelo, junto al sofá de tres plazas. Mientras más plazas tienen los sofás de la casa de Marco, más incómodos son. Por suerte sólo hay tres. Jaime se extiende en el sofá de tres plazas y se echa boca arriba. Inclina el sombrero sobre el rostro.

- Ya llegó Jaime, le digo a Marco.

- Ya era hora. Ya sólo nos falta uno.

El ventilador gira dos veces. Marco dice:

- ¿Tú crees que debamos anular el baile del viernes?

Pienso unos segundos.

- No – contesto.

Marco no estaba dormido. Algo le preocupa.

- Tal vez sería lo mejor, dice. Mi tío ya no me puede prestar la tarola. No podremos ensayar antes del baile.

- Si van a anular el baile, díganme de una vez para irme a mi casa – dice Jaime bajo sus ojos cerrados y la horrible cruda que trae encima.

- No deberíamos anular – repito, pensando en el dinero que ya comprometí. – Tenemos un compromiso con nuestro público.

Marco voltea y me mira. Tal vez exageré. Pero ¿de dónde voy a sacar para llevar a la Gladis al cine si anulamos? Por una vez que cede a mis insistencias.

- Deberíamos anular – insiste Marco –. Ahí estarán los hermanos Medina. Ellos pueden tocar toda la noche.

Es una vergüenza. Dejarles todo el baile a los Medina. ¿Dónde quedará la reputación de “Los Caimanes”? Prefiero darle vuelta al repertorio. Total, ya tomada la gente ni cuenta se da.

- Ahí está Olegario, dice Jaime.

Marco y yo miramos hacia la ventana. Ahí afuera está Olegario, sentado sobre la acera, de espaldas a nosotros.

- ¿Qué está haciendo?, me pregunta Marco.

- Está mirando.

- ¿Va a venir?

Espero a ver si se mueve. Pero Olegario se queda quieto.

- No sé – contesto.

- Olegario – lo llama Jaime con voz ronca y débil.

Olegario no se mueve.

- No te oye, le digo. Llámalo más fuerte.

Jaime no lo llama. Marco tampoco. Yo pienso en la Gladis, que me dijo que pasara por ella el próximo domingo a las seis. Me estará esperando en casa de su prima. Pero qué bien acomodé la cabeza en el respaldo.

Olegario se pone de pie sin que nadie lo llame. Se acerca a la ventana pensativo y detrás de las celosías nos dice, mientras deshace una ramita entre sus dedos.

- Vine a decirles que me voy.

Sus palabras tardan unos segundos llegar a nuestros oídos. Luego las repetimos un poco para nosotros mismos.

- Si venistes para irte, ¿por qué mejor no te quedastes en tu casa, como haces siempre? – dice Marco con dominio.

- No, digo que me voy, que ya no vuelvo. Me salgo del grupo. Ya no soy parte de “Los Caimanes”.

Callamos. Marco y yo miramos a Olegario, que se ve como una aparición contra la ventana. Jaime sigue acostado bajo el sombrero.

- Me caso con la Gladis – dice Olegario.

Mierda, pienso. Hay silencio. Mierda, me repito. Marco por fin dice:

- Ya era hora.

- Necesito dinero. Me la llevo para el norte.

En mi cabeza resuena la voz de la Gladis en el último baile, cuando me dijo que a las seis en punto, así rapidito porque ahí cerca Olegario sufría afinando el tololoche. Marco tiene razón. Por una vez que viene, y para darle al traste a todo, mejor quedarse en su casa. Olegario se queda de pie unos segundos, termina de deshebrar la varita de guayabo. Luego se da media vuelta y comienza a alejarse.

- ¿Cuándo te vas? – le grito.

Él se detiene y se vuelve. Se encoge de hombros.

- El domingo – me dice.

El corazón me da un vuelco.

- ¿A qué hora?

Se queda callado un rato, mirando hacia el interior de la casa como confundido bajo el rayo del sol. Luego agita la cabeza, da media vuelta y se va esta vez de a buenas.

Nos quedamos inmóviles, escuchando el abanico que gira con un murmullo, como respetuoso. Yo veo el domingo próximo, con sus seis de la tarde y la Gladis en casa de su prima, alejándose hacia el norte sin volver la cara para decir adiós.

- Ya era hora – dice Marco, como para sí mismo.

- Es un pendejo – dice Jaime entre dos ronquidos – Pendejo y mal tololoche.

El ventilador sigue girando. La hamaca da un bandazo largo, largo. Estiro mis piernas sudadas. Sin la carga de la Gladis a un lado el calor es más soportable. Cierro los ojos. La luz se hace más clara. Ramón Ayala se asoma a la ventana y peinándose el bigote me dice:

- ¿No quieres venir a tocar el guitarrón con mis Bravos?

Miguel Tapia



El autor agradecerá cualquier comentario o crítica (de preferencia constructiva) sobre este texto. Un saludo.

11.3.06

Opípara noche

Ayer, menú espectacular. Pichulas abrazadas de crujiente pasta. Crema de potirons con mejillones. Gambas salteadas con pimientos, calabacitas, cebolla e hinojos, flanqueados de mondos gajos de naranja y todo bañado en una salsa agridulce. Gewurstraminer y Pinot Blanc. Uva chilena y fresa de amorosa manufactura casera. Convidados: 7. Sobremesa larga y animada. Digestión ligera y apacible, ajena por completo al desalojo de trescientos nostálgicos de la Sorbona, la extinción de la pequeña llama, lo que animó al invierno a volver sobre sus pasos, instalarse de nuevo con todo y maletas en la ciudad. Hoy el sábado amaneció lánguido, PJ Harvey listens to the wind blow sin hacerse ilusiones. There was trouble taking place.

9.3.06

Plagiario el último

Me llama la historia. No la que conocemos, la ya escrita. Ni siquiera la que en estos momentos se está escribiendo, sino la que vendrá, la que algún día podrá escribirse. Acudo a este espacio no para escribir la historia futura, sino para tratar de condicionar su eventual aparición. Desde luego es pretencioso suponer que la historia se ocupará de un insignificante asunto como el que voy a exponer. Pero la posibilidad de dejar un testimonio inmediato me otorga ese mínimo y tal vez inútil poder.

Ayer hablé por teléfono con F. Lo saludé y le pregunté cómo estaba. Me comentó que está ajustando los últimos detalles para partir definitivamente de aquí. Se va a vivir a la Ciudad de México. F es periodista. Planea encontrar un trabajo de corresponsalía para un medio francés, como ya lo hizo alguna vez desde EE.UU. Cuenta ya con un departamento en una céntrica colonia del DF. Aún no lo ha visto, pero su novia sí, y cuenta que es viejo, espacioso y exótico. F se dice ansioso por llegar, aunque reconoce cierto nerviosismo. La ciudad es tan grande, y siempre hay tantos ruidos, pequeños e incesantes. Le comento que cuando me fui a vivir al DF, por las noches sentía la vasta presencia de la ciudad alrededor. La sentía respirar dormida, escuchaba su aliento profundo y subsónico. Me imaginaba entonces acostado sobre el vientre enorme de un gigante dormido, y me invadía un extraño nerviosismo al percibir el peligro de que el inmenso durmiente girara durante la noche y nos aplastara a todos bajo su cuerpo.

En este punto el tono cordial de la charla se resquebrajó, y una risa punzante surgió desde la bocina del teléfono. Miguel, me dijo F, no te molestarás si algún día lees una crónica desde México, en que el periodista reporte desde “esta ciudad que da la impresión de vivir sobre el vientre de un gigante”, ¿verdad? Al expresar mi sorpresa y desacuerdo, se limitó a decir: eso es el periodismo, viejo.

Y tiene razón. Eso es el periodismo. O al menos parte de él. Esperemos que no sólo el periodismo escriba la historia de mañana.

He escrito.

1.3.06

What the FAQ?

Ayer me escribió Perro Bichi para decirme que había puesto un comentario en Tayoc, bajo el texto titulado FAQs, y que éste simplemente no había aparecido. No es la primera vez que esto sucede. He escuchado la misma queja de otras víctimas de la misma ineptitud, y yo mismo lo he sido al intentar dejarle un comentario al Copista. Si las cosas siguen así, me veré obligado a abandonar esta tabla de surfear, que de tan llena se convirtió ya en un inmenso trasatlánico, e irme a la tabla de enfrente, o a la de al lado, a bitacoras.com o a u-blog, a lashistorias.sabequé o ya de plano flotar solito en la cybermarea, asido de alguna tabla salvadora arrojada por Wanadoo o Prodigy. Si se construye un barcote con la intención de controlar el tráfico del mundo entero, más vale estar preparado para cargar mucho peso. Ayer escuché una discusión sobre la guerra actual por el control de la información informatizada, de parte de compañías publicitarias, diseñadoras de nuevos productos comerciales y gobiernos que babean pensando en el cibertotalitarismo. ¿Qué va a pasar el día de mañana cuando el comentario perdido de Perro Bichi provoque un error de interpretación, y las estadísticas digan que a ningún perro le falta techo y vestido, o que en México la tradición acabó con todos los perros, inlcuyendo los bichis? ¿Qué cuando lancen al mercado blogs para mexicanos olvidados? ¿O cuando se acuse a inocentes por actos de terrorismo zoológico? Y si la tendencia cibertotalitarista pretende ignorar la voz de Perro Bichi, con mayor razón digo: señores, demos guerra y trabajo a los acaparadores de la ignominia del siglo XXI, escribamos, colguemos mensajes, abramos más blogs, más cuentas de correos, unámonos borrando nuestras pistas, pero no nos quedemos callados: la libertad de expresión es nuestro propio Dios intocable.

28.2.06

Junto a mi edificio hay una tienda de abarrotes, de esas que aquí se llaman simplemente “árabes”, gracias a una popular metonimia nacida del hecho de que casi todos los abarrotes de esta ciudad son manejados por magrebíes.

Pues decía que entre los clientes habituales de dicho “árabe” se encuentra un señor de alrededor de setenta años que viene una o dos veces al día. Un par de muletas hacen el trabajo de sus ateridas piernas, mientras que sus brazos viven para sostener las muletas y alargar la mano hacia los tenderos cuando se despide de ellos. Junto con el hombre de las muletas llega siempre un perro pequeño y blanco, en proporción tan viejo como el dueño, pero aún capaz de caminar sin ayuda de artificios, sin duda gracias a esa ventaja evolutiva que consiste en poseer cuatro patas en vez de dos piernas.

Dicen que las parejas se unen gracias a que son complementarias, y hay quienes extienden la definición a las amistades. El septuagenario y su perro serían a la vez la pareja perfecta y los mejores amigos.

Con frecuencia me cruzo con ellos en la acera. El hombre camina muy despacio, apoyando con cuidado cada larga muleta antes de balancear su peso, y dirigiendo miradas llenas de ternura al anciano perro. Este lleva en su hocico la bolsa con los víveres que su dueño compró a los magrebíes. Se adelanta con su paso arrítmico, olfatea, orina, vuelve la mirada para ver qué tan lejos está su dueño, y termina siempre por volver junto a sus piernas para andar a su lado y dejarlo atrás de nuevo.

“Me lo sube hasta el segundo piso”, dice el hombre sonriendo con dificultad. “Y aunque traiga carne, no lo muerde”. Su voz es aguda y rugosa, pero siempre amable, salvo cuando irónicamente le grita a su compañero: “Eh, Snoopy, apúrate”, llamándolo para que vuelva pronto hasta a él si se adelanta demasiado.

Snoopy, bueno, de alguna forma debía pagar su ventaja en medios de locomoción. Desde luego no es justo que lleve el nombre del perro más egoísta y huevón de que se tenga noticia.

“Tiene quince años”, me dice el hombre. “Y siempre ha estado conmigo… cuidado que si te acercas mucho te gruñe”.

Retiro la mano con que lo quería acariciar y me quedo de pie sobre la acera, viendo a la increíble pareja alejarse hacia la esquina donde doblarán a la izquierda, se dirigirán hacia el portón que nunca he visto, pues nunca tengo el tiempo suficiente para esperar a que lleguen hasta allá, y subirán al segundo piso. ¿Qué hará entonces Snoopy? ¿Coloca la bolsa sobre la mesa? ¿La mete al refrigerador? Algún día se lo preguntaré al hombre. En todo caso estoy seguro, y descanso al pensar en ello, que ambos toman juntos, tal vez en la misma cama, una larga y merecida siesta.

24.2.06

El reverso de la moneda

Era el crótalo más grande que jamás había visto. Al constatar su tamaño, se explicó el que le hubiera sido tan fácil distinguirlo a esa distancia. Sintió cómo el enorme animal luchaba por liberarse de sus garras, se revolvía sobre sí mismo con una violencia insospechada. En su esfuerzo por dominarlo, se sintió ganar por la fatiga, y pensó con cierta alarma que le sería necesario tomar un descanso antes de continuar su camino. Buscó con atención, pero no era fácil encontrar un sitio donde bajar en aquella superficie vasta y estéril. Con muchos esfuerzos logró llegar hasta un pequeño saliente donde, luego de sortear filosas espinas, pudo por fin descansar un momento. La fuerza con que la presa se debatía la obligó a plantarse bien sobre sus extremidades, erguir el cuerpo y agitar las alas para no perder el equilibrio sobre el estrecho nopal. Fue entonces cuando vio el inmenso grupo de extraños bípedos plumosos que, desde el otro lado del lago, la miraban atónitos. Era la señal divina. De ese pueblo sucio debía servirse su raza para formar el ejército invencible que extendería su imperio de los aires sobre toda la tierra conocida.

22.2.06

FAQs

¿Cómo se vive esta vida?

Dejando de lado el tiempo, ¿para qué sirve todo lo que hay en ella?

Si algún día alguien logra parar al mundo, ¿por dónde se baja uno?

Si un genio me concede tres deseos, ¿de dónde podría yo haber sacado la lámpara?

¿Qué hará Gmail con todos los mails de la humanidad?

¿Cómo habrá estado el concierto de Depeche Mode que me perdí? (FAQ desde esta madrugada, hora en que oficialmente me lo perdí)

Si me tomo un café más, ¿será demasiado?

¿Quién se casó el sábado, cuando llamé a mi casa y mi hermano estaba en una boda?

¿Dónde está el Internet?

¿Dónde se metió el que me contagió esta última pregunta?

¿A dónde se va lo escrito?

¿Algún día volveré a ver el sol?

¿Por qué las vecinas portuguesas gritan tanto?

¿Por qué sus maridos las aguantan?

¿Cuántas formas tengo de hacerme güey?


20.2.06

Estoy leyendo las memorias de Juan José Arreola (El último juglar, Diana, 1998), escritas, curiosamente, por Orso Arreola, su hijo. Se trata de una selección de pasajes de diarios, cartas y otros escritos del maestro Arreola, en los que cuenta su vida, y de algunos textos redactados por Orso, a partir de anécdotas que escuchó contar a su padre.
Es una impresión temprana, pues he leído apenas una tercera parte del volumen, pero las memorias, hayan salido de la pluma de Orso o de Juan José, son terriblemente aburridas. Sobre todo comparadas con los textos de ficción que el dueño de las memorias escribió, firmó y publicó. Estos suelen ser ágiles y atrevidos, de una manufactura sorprendente y de una gran sagacidad. Todo lo contrario de la narración que de la juventud del autor se hace en "El último juglar". Aunque esto no impide al mismo JJ afirmar con frecuencia estársela pasando bomba.
Esto me recuerda lo que hace unos días una persona cercana me decía sobre mi blog. Me dijo que le parecía impersonal, que no mostraba el carácter del autor porque éste, o sea yo, no se abre al lector. Es hermético. Me dijo otras cosas, pero ésta es la que más me marcó. Le dije que la intención de este espacio no era presentar abiertamente la personalidad del autor, ni tampoco contar pormenores de su vida. Al menos no más que los pormenores de la vida de cualquier otra persona. Pero después de la discusión seguí rumiando la idea de hacer de este espacio algo más íntimo, en que mi persona quede más inmiscuida.
Al final decidí que, desde cualquier punto de vista, la idea no me parecía interesante. Creo que la publicación inmediata elimina gran parte del interés de un texto verdaderamente íntimo. Hay gente interesada en leer las memorias de Arreola, porque se interesan en él como autor, o por la ridícula manía que tenemos de creer que conocer la vida de los grandes creadores forzosamente nos ayudará a ser mejores. Y esto en todo caso sucede cuando la intimidad del autor se ha vuelto ya historia, material de estudio, datos que se pueden interpretar con cierta distancia. Cuando el chisme se ha convertido en erudición y las dudas en batallas ganadas o perdidas. Es decir, le intimidad inmediata no es otra cosa más que morboso mitote.
El blog es un espacio de libertad, como cualquier hoja en blanco, pero que se consume en el acto. Su doble escencia, inmediata y permanente, lo convierte en un extraño documento cuyos alcances todavía estamos explorando. Hay que esperar al futuro para saber cuáles de los blogs que hoy se leen, o no se leen, permanecerán como documentos de referencia, y por qué razones.
Por ahora, esto mismo que escribo me parece estar fuera de lo que, en algún lugar de mi desparramada idea de la escritura, pertenece a la termática de este blog, salvo por el hecho de que se refiere a su naturaleza misma.
Tal vez cambie de idea, tal vez no. Tal vez el autor de estas palabras se aparezca por aquí a mostrar sus entrecijos, a riesgo de perder sus pocos lectores, o de ganar muchos más, según sus entrecijos sean malos o buenos chismes. Por lo pronto me quedo con la profunda idea de Yépez, quien afirmó que escribir sólo un blog son puterías, o algo así.

17.2.06

Caminamos por la rivera del río, por un costado de Nuestra Señora, la catedral parisina. Nos acercamos por el lado de la fachada, aparatosamente limpia, chata y brillante como los rostros de las actrices cuando se las ve fuera de la pantalla. Bajo el frío la plaza estaba desierta. Las gárgolas, encandiladas por los potentes reflectores, se parapetaban entre los innumerables vericuetos de los muros, sin atreverse a alargar sus ya estériles cuellos. Al pasar por un costado del edificio, el viento nos dio un respiro. Desde ahí, la enorme tortuga a nuestro lado parecía prepararse para el sueño bajo una luz más lunar.

Llegamos por fin al barco en donde se haría el concierto, más adelante sobre la misma rivera. Cuando entramos, los litros de cerveza con que habíamos preparado la caminata se desperezaron, y se agitaron con el vaivén de las aguas del Sena. Desde nuestra mesa veíamos, sobre las aguas tranquilas, la piedra magnífica del puente de la Tournelle, y detrás de él el culo de Notre Dame, su mejor cara.

La vista era casi acogedora. Tal vez porque a la cara inferior de las piedras de la Tournelle ningún gran poeta le comprometió el color histórico con su memorable inspiración. Pero el cuadro no duró mucho. Entre las piedras y la danza involuntaria sobre el agua, el cambio de presente fue como un tsunami en el estrecho canalizado del Sena.

Sobre la pared del fondo del salón se sucedieron imágenes de la Ciudad de México, alternando días grises y noches de tráfico, ejes viales y edificios de colores. Desde el escenario junto a ellas, Wakal nos hacía llegar ritmos electro, contrapunteado de voces de merolicos chilangos y músicos tepiteños. En la guitarra, Neet-us aseguraba una impro sensual y certera. El chileno Ismael, del otro lado, se retorcía detrás de la trompeta, luchando sobre el ritmo del acordeón norteño como sobre un toro bravo.

La fusión tuvo un efecto demoledor. El cuadro, el barco, la música, el público. El viaje sobre “La balle au bond” fue corto pero intenso, sin soltar amarras nos llevó hasta un cruce de mares irreconocible, en donde lo único que sobrevivió a la tormenta fue un CD cortesía de Wakal y las ganas de una fiesta donde se cante “sólo tengo este pinche disco”.