22.5.06
Berrinche en sí menor
19.5.06
Parilona
No habría podido darme cuenta, porque me pasé el día con la vista enjaulada en un 15 por 8 pulgadas, pero la noche del miércoles esta ciudad sufrió una transformación inusual: se convirtió en una fiesta. Y digo bien inusual, aunque sigamos leyendo a Hemingway, que bien lo dijo en pasado: París era una fiesta. Pero volvamos a esa noche. Yo no sospeché nada cuando dos gallegos y un harmodio me sonsacaron, y me dieron cita en un bar de la rue de Clignancourt, bajo la amenaza de que si no me apresuraba brindaría de pie y bajo la lluvia, de tan lleno que estaría el lugar. Así que me di prisa (en realidad no tanta) y llegué ahí justo para ver la repetición del gol del Arsenal. Los ánimos estaban burbujeantes, el barman muy ocupado y la tribuna dividida, pero eso sí, todos muy contentos. De alguna manera los hispanos habían logrado guardar espacio para mí, entre la concurrencia europea y africana que no supo por dónde pasó la jugada. El segundo tiempo fluyó como cerveza fresca en un caluroso día de mayo, y la angustia ante la desventaja en el marcador se convirtió en algarabía y estruendo de changos ante incendio forestal, cuando los ingleses fueron por fin doblegados, por un pintoresco y alegre Barça, en escasos seis minutos. Entonces todos fuimos hispanos, todos mentamos cabrones y joderes, todos bebimos más y mejor. Los gallegos soportaron la eufórica hispanización que les endilgaron los parroquianos, y segundos más tarde debí pasar por alto el que se nos metiera a todos, catalanes, santiaguinos, culichis y chilangos, en un mismo saco, todo con el pretexto de brindar más rápido, beber más de prisa, estar más felices más tiempo. Tan no les importó, que los gallegos tuvieron a bien invitar una ronda a toda la concurrencia, como en las películas, como los hombres. Y luego, cuando decidimos salir a la calle, fue que me di cuenta de la amplitud del escándalo. París no era una fiesta, era Barcelona, con sus colores azulgrana, sus españoles dando voces y haciendo botellón; sus ingleses vomitadores, inconscientes incluso tal vez de su derrota; con los charquitos de orín desparramados por la lluvia, los bares repletos, la gente sonriente. Parilona y su fresca noche abierta como un gran arco triunfal.
18.5.06
Una extraña aventura
En cuanto salí, a la vuelta de la e-squina, me topé de frente con Plebón, Crispo, Grabby y el señor Ud. Estaban los cuatro radiantes de calor y de bebidas alcohólicas, aunque extrañamente ligeras. Traían entre manos un plan para sabotear algo, pero aún no sabían qué. Pasamos un excelente momento reconociéndonos, recordándonos y contándonos chistes viejos. Ellos cómodamente instalados en la inercia de la noche, yo sorprendido por el encuentro, con el calor de la cama aún encima. La visión de aquellos rostros, tan lejanamente cercanos, me teletransportó. A medida que alguno de ellos movía la pequeña cámara de video, mi cuerpo se dispersaba más entre los píxeles inasibles, hasta alinearme con el nuevo ángulo de captación. Piensen ustedes en un telescopio largo como un trasatlántico, cuyo objetivo debe ajustarse para ver las dos caras de una moneda inmóvil. Así se esforzaba y ajustaba mi vista desorientada, lagrimeando de vértigo. Y mientras desde el lado de allá fluía la noche y se acababa la cerveza, del lado de acá el día se extrañaba y mi sangre sufría sed. Fui el habitante único de una estación espacial, girando alrededor de su mundo. Fui la Laika de mis sueños juveniles. Fui abducido por un ovni intraterrestre, uno que recorre el planeta en busca de habitantes desfasados. El encuentro me abandonó sobre mi silla, frente a mi pantalla, con los ojos hinchados de viajar. Miré el reloj. El tiempo retomó su curso, pero ya no fue el mismo.
16.5.06
Piñado contra impiñable
En el noroeste de México los autóctonos utilizamos un término de significado curioso, del que no conozco traducción al castellano oficial, ni a los argot de otros países de habla hispana, ni a otras lenguas. El término, aunque en realidad se trata de toda una familia de palabras, gira en torno al verbo “piñar”, que significa algo entre inspirar, impresionar o seducir, por un lado, y fascinar, engatusar o hasta casi embrujar, por otro. Con mucha frecuencia se usa el reflexivo “piñarse”, lo que habla del carácter participativo de aquel que sufre la “piñazón”, aspecto importante para definir los matices del término. Así, alguien puede piñarse con un grupo musical, con un deporte o deportista, con una ideología o con un autor. También con un amigo, una mujer o algún poderoso. El “piñado” no es sólo un admirador, un fan o un devoto. Es más que todo eso junto y, al mismo tiempo, es algo distinto. El “piñado” participa activamente en su “piñazón” (términos todos estos reconocidos por el lexicón culichi), aunque no siempre está listo para mostrarse consciente de ello. La piñazón es, además, una especie de afección. No se trata de un estatus neutro. El piñado está afectado de un estado anormal, del que en algún momento deberá salir, aún si por un tiempo se asume esa piñazón como propia de su carácter. Piñarse viene a ser algo así como auto-obsesionarse con algo, a conciencia pero fingiendo demencia, sin que esto llegue a ser una patología o un rasgo psicológico definitorio. La piñazón es casi un accidente al que todos, al menos todos los culichis (¿todos los sinaloenses?), estamos expuestos.
Desde luego, el sólo hecho de que el término exista y sea utilizado con frecuencia provoca la automática aparición de un tipo de culichi antagónico al piñado: el antipiñado, o impiñable, término éste que no existe en el habla normal, y que tal vez nunca exista, pero que se me ocurre ahora utilizar. El antipiñado es entonces una especie de escéptico poco o nada capaz de entusiasmarse con nada, especialmente con todo aquello que entusiasma normalmente a los “piñados”, y todo esto por mera vocación. Así, el impiñable vive para descalificar los entusiastas arrebatos del piñado, y trata de ridiculizarlo frente los demás. En esta actividad se nos va buena parte del tiempo y de las borracheras.
Pienso en todo esto porque hoy, como me sucede con frecuencia, recordé el consejo que me dio un buen amigo, por supuesto culichi, cuando le dije que me iba al extranjero: “loco, píñate mucho”. Por más que le doy vueltas, no logro esclarecer el significado de tal consejo. Y no es que no se me ocurran posibles interpretaciones, pero me hace falta una con un mínimo de sentido, como supuse que exigía el momento en que el consejo me fue dado.
Aunque la verdad todo esto me viene a la mente porque me preocupa que, en últimas fechas, y aquí me permito parafrasear al poeta, cuando me quiero piñar no me piño, y a veces me piño sin querer.
12.5.06
Música y pastel de choclo
Resido en esa clase de países en donde el reportero de la radio, enviado a cubrir la salida el concierto de Iggy Pop en directo para el noticiero de la noche, inicia su participación con estas palabras: “Me encuentro frente a la puerta de salida del teatro, y al parecer en el interior el volumen esta noche ha sido excesivo, puesto que vemos a muchas personas cubriéndose los oídos al salir”. “¿Y cómo ha sido la asistencia?”, pregunta el presentador de noticias como si esa fuera la respuesta que esperaba: “Ah, pues muy buena, el teatro estaba lleno y la gente contenta de ver a Iggy después de tantos años de no presentarse en nuestro país.” Por suerte, es también el tipo de países en donde uno puede acercarse a un foro-bar y la misma noche del evento conseguir dos entradas para ver en vivo a Susana Baca. ¡Impresionante! Eso se llama tener ángel, aquello se llama voz, esos son músicos con autoridad. El resto son mitades. Hasta con mis vecinos del público salí reconciliado. Yo sólo lamento que, Susana Baca y su grupo siendo originarios de Perú, haya tenido que venir a escucharlos tan lejos. Lo otro que lamento es haberme perdido la lectura de Haydée y del ínclito, y el pastel de choclo que a ver para cuándo puedo al fin conocer.
8.5.06
Escribir mata
Al parecer un blog puede servir para muchas cosas. Para contarle a los amigos nuestras rutinas más aburridas, para contarse a uno mismo sus pensamientos, o para contarle a nadie sus peores perversiones. Puede servir como forma de entrenamiento en la escritura, como terapia o para descargar las presiones que provoca todo lo que no es blog. Muchas veces, según han testimoniado los lectores de éste que ahora usted lee, el blog sirve para no trabajar. Al parecer resulta un pretexto ejemplar e inagotable. El blog, en fin, sirve para vivir. Pero aunque Nicolás Echevarría y Juan Villoro ya dijeron que Vivir mata, no se me había ocurrido pensar hasta qué punto el blog puede ayudar a morir. Jorge León escribió su blog con la esperanza de que le ayudara a morir. Jorge era pentapléjico y físicamente incapaz de quitarse la vida. Hoy Jorge León ha muerto, y aunque aún no se sabe si consiguió a través del blog la ayuda que pedía a gritos, por lo que se cuenta que hay escrito en esa página etérea parece evidente que su escritura avanzaba hombro a hombro con la muerte. No es el primero que se ayuda a sí mismo a morir escribiendo. Ya José María Arguedas escribió su última novela como se cava la propia tumba. Entre las páginas cada vez más difíciles intercalaba palazos de agónicos terrones, moribundas páginas de un diario que se deshojaba de desánimo. Hasta que no pudo más y se arrojó al fondo del hoyo negro que se abría frente a él. Antes abrió su manuscrito, escribió junto a la historia su despedida, y junto a esta cargó la pistola con la que disparó el anticipado y negro punto final. Si los buenos libros nos obligan a respetar la página en blanco. ¿Cómo se escribe un blog después de que Jorge León cavó el suyo con tal coraje y paciencia?
5.5.06
Un pato
La temperatura era de 25 grados. Junto al canal una enorme colonia de humanos graznaba su alegría bajo el cielo despejado. En fila india o en círculos, giraban alrededor del canal desde el que la familia de patos, en las pausas de la lluvia de cacahuates, los miraban sin interés.
El tiempo caía acompasado sobre la tersura de la medianoche, se hundía en su tenumbra como semillas de oleaginosa tostada, buscaba sin prisa el fondo ignorado de aquel enorme estanque en el que flotaba la envoltura ya inservible de la jornada.
¿Es todos los días igual?, le pregunté a papá pato, que parecía un tipo sereno y reflexivo. Por toda respuesta, el pato cedió a su compañera el cacahuate que yo acababa de arrojar, luego se acercó a esta y mordisqueó su cuello con el ancho pico. La plumas de la pata se levantaron, y luego ésta se alejó. El pato me observó fijamente, como para asegurarse que yo prestaba atención.
Nos pusimos de pie y nos alejamos. La familia nos vió partir sin dar muestras de tristeza. Al volver la vista atrás, vi como los humanos se revolvían aún entre ellos, graznándose unos a otros con estruendo. Abriéndo amplia la boca y sonriendo se arrojaban cándidos los últimos cacahuates del paquete.
Gracias a todos por los mensajes publicados durante esta larga ausencia. A Yavax por su comentario, aunque no estoy seguro de haberlo entendido del todo. Entendí muy bien, por el contrario, el del majadero de Harmodio, pero no insistiré en el asunto, con tal de evitar que nuestros encuentros reales terminen en aburridos refritos de blogs. Del Copista me guardo el sabio consejo. Y frente a la habitual pertinencia de Pintura, no puedo más que replicar: soy un espárrago, alíñame.
6.4.06
Licor de pistacho
H.zavala miró el interior del bar. La barra alargada, el alto techo, las apretadas mesas. Era un lugar como este, dijo, donde Roberto Bolaño se me apareció en sueños y me invitó una copa: un licor de pistacho para el muchacho, había pedido el chileno al cantinero. Todos callamos, nostálgicos. Luego sucedió algo extraordinario. Ante nuestra propuesta de pedir otra ronda, h.zavala dijo: quiero un agua mineral. Nos miramos los unos a los otros. Le pedimos que confirmara lo que había dicho, y él repitió sin rastro de emoción: agua mineral. Entonces no nos cupo más duda. H.zavala estaba poseído.
Cuando la ronda llegó, con agua mineral incluida, h.poseído transmitió: les voy a contar una historia. Es una prueba para saber si los que estamos en esta mesa servimos para narradores. Yo les cuento el principio y el final, y ustedes deben intuir lo sucedido. Pueden hacerme preguntas, pero yo sólo contestaré “sí” o “no”.
No había más duda. La actitud de nuestro amigo, lo irresistible del juego propuesto, el reto despiadado y un cierto deje sudamericano en el tono de voz lo evidenciaban: Roberto Bolaño estaba entre nosotros. H.harmodio, Polo y yo no tuvimos tiempo de reaccionar, y aceptamos. De la boca de h.zavala surgieron las siguientes palabras:
“Dos amigos asaltan un banco. Durante la fuga uno de ellos resulta herido. El otro lo ayuda y juntos logran huir y refugiarse en una casa abandonada en el campo. Cuatro días después, la policía da con la casa. Al llegar encuentran, en el interior, los cadáveres de ambos ladrones y el botín. En el patio trasero había tres tumbas recién cavadas. Las tres estaban vacías. ¿Qué sucedió?”
La situación era cruelmente irresistible. Nos pusimos manos a la obra. Con h.zavala como puente, asaltamos al paciente Bolaño con preguntas. Si, no, si, no, se reía el chileno a través de la boca inexpresiva de nuestro amigo, quien sólo atinaba a beber espaciados sorbos de agua mineral.
- ¿Había alguien alrededor de la casa?
- No
- El hombre que no había sido herido en el asalto, ¿murió a tiros?
- Sí
En un par de ocasiones los laberintos de la trampa nos pusieron contra la pared, pero logramos liberarnos del peso de la presión, y encontrar algún sí o no que nos mantuviera con vida. “Si no lo encuentran es que no sirven para escritores”, había pronunciado h.zavala, aguantando firme para ocultar la risa del chileno.
Por fin, luego de una hora de esfuerzos, y cuando h.zavala comenzaba a entrecerrar los ojos, agotadas sus energías, una afortunada combinación de síes y noes orquestada por h.harmodio y un servidor nos llevó al final de la batalla. Luego de proponer atropelladamente nuestra versión de la historia, a h.zavala se le iluminó el rostro, e irguiéndose en su asiento recobró su tono juarense para decir: ¡sí, eso es!
3.4.06
2.4.06
- Tengo un boleto para ver a Cali.
- ¿Y ése quién es?, le pregunté.
- No sé, pero si lo quieres es tuyo.
- Bueno, contesté.
Así que a las ocho estábamos frente a la entrada del Zenith. Afuera casi no había gente. Pensé que al tal Cali no lo conocía nadie. Entramos. Las luces se apagaron en cuanto asomamos la cara al interior en busca de una butaca libre. A tientas primero, luego poco a poco acostumbrados a la oscuridad, caminamos por un pasillo hacia el escenario. A nuestor costados se divisaban las butacas todas ocupadas. ¿Qué clase de público va a un concierto como si fuera a la escuela? A las ocho de la noche todo mundo estaba bien sentadito, las manos sobre los muslos, la tarea debidamente hecha, esperando al artista.
Frente a la zona de butacas había un espacio libre, para la gente que quisiera ver el concierto de pie. Éstos eran muchos, aunque igual de ordenados que los que prefirieron las butacas. Parecía que tendríamos que unirnos a los parados, cuando a nuestra izquierda apareció un grupo de butacas libres.
- Aquí, le dije a Pintura, y nos sentamos.
Acto seguido una persona de seguridad rodeó el grupo de butacas (¿unas cuarenta?) con una cinta de plástico. Luego alcanzamos a escuchar que le decía a un grupo de jóvenes sentados detrás de nosotros: "disculpen, son lugares reservados para mujeres embarazadas". Los jóvenes abandonaron la zona sin chistar.
El tipo de la cinta se alejó. Segundos después algunas mujeres embarazadas comenzaron a ocpuar los lugares a nuestro alrededor. Pintura y yo nos miramos. Estábamos sentados justo frente al escenario, en la segunda fila de butacas. No podríamos encontrar mejor lugar para ver al tal Cali, quien quiera que fuera.
Nos quitamos las sudaderas (de cualquier forma comenzaba a hacer calor), y las acomodamos sobre el vientre de Pintura, creando un hermoso prospecto de bebé.
Cali salió por fin al escenario. Nuestro nerviosismo inicial comenzó a disiparse entre la música alegre, las bromas provinciales y la pila sin fin del cantante. Por si las dudas, cada vez que se acercaba alguien vestido de negro y con una especie de chaqueta con leyendas rojas, yo sobaba despacio la barriga de Pintura, quien me sonreía a su vez con una expresión de felicidad tan exagerada que rayaba en el idiotismo, pero que se reveló altamente convincente. Nadie nos molestó.
Cali se desgañitó, saltó, se rió del público, invitó a un par de ellos al escenario, hizo que uno de ellos cantara la Marsellesa, abusó un poco del buen oficio del ingeniero de luces (quien por cierto se llevó la noche con su trabajo), habló demasiado de Perpignan, provocó oleadas de banderitas catalanas, pataleó cuando no lloramos con la historia de su abuelo, y finalmente tomó tanto tiempo en despedirse que Pintura y un servidor decidimos olvidar el niño y las butacas y hacer una escala en el baño antes de abandonar el recinto. Al salir enviamos nuestro pensamiento y cariño a la responsable de nuestra presencia en ese lugar, nuestra querida amiga Lenis, quien se perdió de un buen concierto, pero ganó una buena cena y dos lugares en primera fila en nuestros emabarazos corazoncitos.
30.3.06
25.3.06
Excursión a Alfortville
Ana, que sobresalía en el coro, junto al escenario, nos miró con seriedad significativa caundo nos vio buscar un asiento. Desde luego no podía sonreirnos mientras interpretaba una melodía tan dramática, a mitad de una obra de Brecht. Pero había en sus ojos algo que buscaba respuestas. Yo puse cara de yo no fui y señalé a Arul, aturdido por el impacto de las voces y aquellos rostros deformados por el maquillaje.
Cuando la pieza terminó, uno por uno todos los integrantes del coro y los actores, e incluso el director, me preguntaron por qué había llegado tan tarde. La puerta estaba situada justo frente al escenario, y habíamos tenido el buen tino de entrar en un momento de calma y exceso de iluminación, de modo que todos se dieron cuenta. Para colmo la excusa de Arul pronto perdió fuerza, pues se enteraron de que él había llegado un día antes a la ciudad, y que el que tenía las indicaciones para llegar al teatro era yo.
Sólo uno de ellos, a quien saludé al final, acercándome mansamente con una excusa en la punta de la lengua, no se percató del retraso. ¡Ah!, le dije frente a Ana, buscando un punto a mi favor. ¡Por fin uno que estaba concentrado en su trabajo, en lugar de estar pendiente de la puerta de entrada! Extrañado, él contestó: Para nada, soy de lo más distraído. Lo que sucede es que soy miope y no veo un carajo.
23.3.06
20.3.06
"Los Caimanes"
El meñique izquierdo está volcado sobre el dedo vecino. Se encarama sobre él como si buscara cruzar la fila de dedos hasta el otro lado del pie, donde aguarda el dedo mayor, gordo y sucio. Marco tiene las piernas subidas en la mesa de centro y masca chicle mientras mira distraído hacia el techo. Sus dedos recuerdan un grupo de cachorros recién nacidos. Rechonchos y torpes buscan apoyo como queriendo saltar desde lo alto de la sandalia, demasiado pequeña. Reclinado en el sillón individual, que siempre nos gana pues es el anfitrión, Marco mueve los pies a un lado y a otro con lentitud.
- ¿A qué hora llega Jaime? – pregunta.
Yo me encojo de hombros.
- Ya tiene una hora de retraso – dice mientras hace girar su cabeza en pequeños círculos.
Hace calor. En la esquina de la habitación hay un ventilador que barre el espacio. Cuando apunta hacia mí su brisa me adormece. Los pocos segundos en que recibo su aliento me bastan para casi disfrutar del calor. Pero luego sigue su camino y se dirige hacia Marco, y de inmediato mi cuerpo se desespera bajo el aire caliente y húmedo. Es como una droga. Si alguien me lo quitara de enfrente sería capaz de matarlo. Bueno, es un decir. Porque aparte de Marco y yo en esta casa no hay nadie, y no veo quién pueda venir, con el calor que hace ahí afuera, para apagar el ventilador. De modo que puedo confiar en que nada me hará levantarme de aquí por ahora.
- ¿Vistes el concierto? – pregunta Marco.
- No.
- ¿Cómo no?… ¿Qué concierto?
Su rostro está a mi izquierda. Frente a mí sus pies y sus dedos trenzados. No quiero girar la cabeza, que ya logré acomodar perfectamente en el respaldo. Giro entonces los ojos todo lo que puedo. Su rostro aparece incierto, deforme, pero adivino su expresión. Me mira fijamente.
- ¿De qué concierto te estoy preguntando? ¿Sabes de qué concierto estoy hablando? – insiste.
Considero su pregunta durante algunos segundos. Tal vez unos treinta.
- No – contesto.
- ¿Entonces por qué me dices que no lo has visto?
Es domingo. Nuestro ensayo semanal se ve de nuevo amenazado por las ausencias y los retrasos. Estamos esperando a Jaime y Olegario. Jaime siempre viene tarde. El problema es saber con cuántas horas de retraso llegará. Olegario no viene desde hace tres semanas. Cuando le reclamamos dice que para nosotros es fácil culparlo, Marco que vive aquí mismo, y yo que vivo en la casa de al lado. Pero él viene de lejos cargando el tololoche. Y mientras tanto Marco debe regresar esta misma tarde la tarola que le prestó su tío.
Marco vuelve a mecer los pies sobre la mesa a izquierda y derecha, tranquilamente, mientras infla el chicle y hace bombitas coloradas. Frente a él la ventana deja pasar la luz brillante de la calle. Al seguir los pies de Marco me doy cuenta de que imita, tal vez inconscientemente, el ritmo del ventilador. Ahora Marco comienza a tararear una canción. Este hombre lleva el ritmo en las venas.
- ¿Entonces?
- ¿Qué?
- ¿No quieres saber qué concierto te perdiste en la tele?
Pienso unos segundos.
- No – contesto.
La espera adormece. Cierro los ojos. Allá, desde la casa de la Julia, se escucha Ramón Ayala. Qué dedos los de Ramón. Y este aire bueno. El calor es una hamaca grande y pegajosa. Se mece con vaivenes largos, largos. La Gladis llega y se mete conmigo en la hamaca, se acurruca a mi lado. Me hace “piojito” con sus dedos suaves. Nos despierta el ruido de una pick-up que pasa por la calle. El ruido triturado de las piedras bajo los neumáticos. Pero el cabrón pasa muy rápido. La nube de polvo que levanta se mete por la ventana. Un olor a tierra seca llena la habitación. Aguanto la respiración con los ojos cerrados. Cuando los abro Marco sigue sentado, la vista clavada hacia el frente, como ido. Su dedo meñique comienza a desesperarse. Da saltitos sobre el dedo de al lado como si quisiera quitarlo del camino de una vez.
Jaime entra como un fantasma y pone su acordeón sobre el suelo, junto al sofá de tres plazas. Mientras más plazas tienen los sofás de la casa de Marco, más incómodos son. Por suerte sólo hay tres. Jaime se extiende en el sofá de tres plazas y se echa boca arriba. Inclina el sombrero sobre el rostro.
- Ya llegó Jaime, le digo a Marco.
- Ya era hora. Ya sólo nos falta uno.
El ventilador gira dos veces. Marco dice:
- ¿Tú crees que debamos anular el baile del viernes?
Pienso unos segundos.
- No – contesto.
Marco no estaba dormido. Algo le preocupa.
- Tal vez sería lo mejor, dice. Mi tío ya no me puede prestar la tarola. No podremos ensayar antes del baile.
- Si van a anular el baile, díganme de una vez para irme a mi casa – dice Jaime bajo sus ojos cerrados y la horrible cruda que trae encima.
- No deberíamos anular – repito, pensando en el dinero que ya comprometí. – Tenemos un compromiso con nuestro público.
Marco voltea y me mira. Tal vez exageré. Pero ¿de dónde voy a sacar para llevar a la Gladis al cine si anulamos? Por una vez que cede a mis insistencias.
- Deberíamos anular – insiste Marco –. Ahí estarán los hermanos Medina. Ellos pueden tocar toda la noche.
Es una vergüenza. Dejarles todo el baile a los Medina. ¿Dónde quedará la reputación de “Los Caimanes”? Prefiero darle vuelta al repertorio. Total, ya tomada la gente ni cuenta se da.
- Ahí está Olegario, dice Jaime.
Marco y yo miramos hacia la ventana. Ahí afuera está Olegario, sentado sobre la acera, de espaldas a nosotros.
- ¿Qué está haciendo?, me pregunta Marco.
- Está mirando.
- ¿Va a venir?
Espero a ver si se mueve. Pero Olegario se queda quieto.
- No sé – contesto.
- Olegario – lo llama Jaime con voz ronca y débil.
Olegario no se mueve.
- No te oye, le digo. Llámalo más fuerte.
Jaime no lo llama. Marco tampoco. Yo pienso en la Gladis, que me dijo que pasara por ella el próximo domingo a las seis. Me estará esperando en casa de su prima. Pero qué bien acomodé la cabeza en el respaldo.
Olegario se pone de pie sin que nadie lo llame. Se acerca a la ventana pensativo y detrás de las celosías nos dice, mientras deshace una ramita entre sus dedos.
- Vine a decirles que me voy.
Sus palabras tardan unos segundos llegar a nuestros oídos. Luego las repetimos un poco para nosotros mismos.
- Si venistes para irte, ¿por qué mejor no te quedastes en tu casa, como haces siempre? – dice Marco con dominio.
- No, digo que me voy, que ya no vuelvo. Me salgo del grupo. Ya no soy parte de “Los Caimanes”.
Callamos. Marco y yo miramos a Olegario, que se ve como una aparición contra la ventana. Jaime sigue acostado bajo el sombrero.
- Me caso con la Gladis – dice Olegario.
Mierda, pienso. Hay silencio. Mierda, me repito. Marco por fin dice:
- Ya era hora.
- Necesito dinero. Me la llevo para el norte.
En mi cabeza resuena la voz de la Gladis en el último baile, cuando me dijo que a las seis en punto, así rapidito porque ahí cerca Olegario sufría afinando el tololoche. Marco tiene razón. Por una vez que viene, y para darle al traste a todo, mejor quedarse en su casa. Olegario se queda de pie unos segundos, termina de deshebrar la varita de guayabo. Luego se da media vuelta y comienza a alejarse.
- ¿Cuándo te vas? – le grito.
Él se detiene y se vuelve. Se encoge de hombros.
- El domingo – me dice.
El corazón me da un vuelco.
- ¿A qué hora?
Se queda callado un rato, mirando hacia el interior de la casa como confundido bajo el rayo del sol. Luego agita la cabeza, da media vuelta y se va esta vez de a buenas.
Nos quedamos inmóviles, escuchando el abanico que gira con un murmullo, como respetuoso. Yo veo el domingo próximo, con sus seis de la tarde y la Gladis en casa de su prima, alejándose hacia el norte sin volver la cara para decir adiós.
- Ya era hora – dice Marco, como para sí mismo.
- Es un pendejo – dice Jaime entre dos ronquidos – Pendejo y mal tololoche.
El ventilador sigue girando. La hamaca da un bandazo largo, largo. Estiro mis piernas sudadas. Sin la carga de la Gladis a un lado el calor es más soportable. Cierro los ojos. La luz se hace más clara. Ramón Ayala se asoma a la ventana y peinándose el bigote me dice:
- ¿No quieres venir a tocar el guitarrón con mis Bravos?
El autor agradecerá cualquier comentario o crítica (de preferencia constructiva) sobre este texto. Un saludo.
11.3.06
Opípara noche
Ayer, menú espectacular. Pichulas abrazadas de crujiente pasta. Crema de potirons con mejillones. Gambas salteadas con pimientos, calabacitas, cebolla e hinojos, flanqueados de mondos gajos de naranja y todo bañado en una salsa agridulce. Gewurstraminer y Pinot Blanc. Uva chilena y fresa de amorosa manufactura casera. Convidados: 7. Sobremesa larga y animada. Digestión ligera y apacible, ajena por completo al desalojo de trescientos nostálgicos de la Sorbona, la extinción de la pequeña llama, lo que animó al invierno a volver sobre sus pasos, instalarse de nuevo con todo y maletas en la ciudad. Hoy el sábado amaneció lánguido, PJ Harvey listens to the wind blow sin hacerse ilusiones. There was trouble taking place.
