28.2.06

Junto a mi edificio hay una tienda de abarrotes, de esas que aquí se llaman simplemente “árabes”, gracias a una popular metonimia nacida del hecho de que casi todos los abarrotes de esta ciudad son manejados por magrebíes.

Pues decía que entre los clientes habituales de dicho “árabe” se encuentra un señor de alrededor de setenta años que viene una o dos veces al día. Un par de muletas hacen el trabajo de sus ateridas piernas, mientras que sus brazos viven para sostener las muletas y alargar la mano hacia los tenderos cuando se despide de ellos. Junto con el hombre de las muletas llega siempre un perro pequeño y blanco, en proporción tan viejo como el dueño, pero aún capaz de caminar sin ayuda de artificios, sin duda gracias a esa ventaja evolutiva que consiste en poseer cuatro patas en vez de dos piernas.

Dicen que las parejas se unen gracias a que son complementarias, y hay quienes extienden la definición a las amistades. El septuagenario y su perro serían a la vez la pareja perfecta y los mejores amigos.

Con frecuencia me cruzo con ellos en la acera. El hombre camina muy despacio, apoyando con cuidado cada larga muleta antes de balancear su peso, y dirigiendo miradas llenas de ternura al anciano perro. Este lleva en su hocico la bolsa con los víveres que su dueño compró a los magrebíes. Se adelanta con su paso arrítmico, olfatea, orina, vuelve la mirada para ver qué tan lejos está su dueño, y termina siempre por volver junto a sus piernas para andar a su lado y dejarlo atrás de nuevo.

“Me lo sube hasta el segundo piso”, dice el hombre sonriendo con dificultad. “Y aunque traiga carne, no lo muerde”. Su voz es aguda y rugosa, pero siempre amable, salvo cuando irónicamente le grita a su compañero: “Eh, Snoopy, apúrate”, llamándolo para que vuelva pronto hasta a él si se adelanta demasiado.

Snoopy, bueno, de alguna forma debía pagar su ventaja en medios de locomoción. Desde luego no es justo que lleve el nombre del perro más egoísta y huevón de que se tenga noticia.

“Tiene quince años”, me dice el hombre. “Y siempre ha estado conmigo… cuidado que si te acercas mucho te gruñe”.

Retiro la mano con que lo quería acariciar y me quedo de pie sobre la acera, viendo a la increíble pareja alejarse hacia la esquina donde doblarán a la izquierda, se dirigirán hacia el portón que nunca he visto, pues nunca tengo el tiempo suficiente para esperar a que lleguen hasta allá, y subirán al segundo piso. ¿Qué hará entonces Snoopy? ¿Coloca la bolsa sobre la mesa? ¿La mete al refrigerador? Algún día se lo preguntaré al hombre. En todo caso estoy seguro, y descanso al pensar en ello, que ambos toman juntos, tal vez en la misma cama, una larga y merecida siesta.

24.2.06

El reverso de la moneda

Era el crótalo más grande que jamás había visto. Al constatar su tamaño, se explicó el que le hubiera sido tan fácil distinguirlo a esa distancia. Sintió cómo el enorme animal luchaba por liberarse de sus garras, se revolvía sobre sí mismo con una violencia insospechada. En su esfuerzo por dominarlo, se sintió ganar por la fatiga, y pensó con cierta alarma que le sería necesario tomar un descanso antes de continuar su camino. Buscó con atención, pero no era fácil encontrar un sitio donde bajar en aquella superficie vasta y estéril. Con muchos esfuerzos logró llegar hasta un pequeño saliente donde, luego de sortear filosas espinas, pudo por fin descansar un momento. La fuerza con que la presa se debatía la obligó a plantarse bien sobre sus extremidades, erguir el cuerpo y agitar las alas para no perder el equilibrio sobre el estrecho nopal. Fue entonces cuando vio el inmenso grupo de extraños bípedos plumosos que, desde el otro lado del lago, la miraban atónitos. Era la señal divina. De ese pueblo sucio debía servirse su raza para formar el ejército invencible que extendería su imperio de los aires sobre toda la tierra conocida.

22.2.06

FAQs

¿Cómo se vive esta vida?

Dejando de lado el tiempo, ¿para qué sirve todo lo que hay en ella?

Si algún día alguien logra parar al mundo, ¿por dónde se baja uno?

Si un genio me concede tres deseos, ¿de dónde podría yo haber sacado la lámpara?

¿Qué hará Gmail con todos los mails de la humanidad?

¿Cómo habrá estado el concierto de Depeche Mode que me perdí? (FAQ desde esta madrugada, hora en que oficialmente me lo perdí)

Si me tomo un café más, ¿será demasiado?

¿Quién se casó el sábado, cuando llamé a mi casa y mi hermano estaba en una boda?

¿Dónde está el Internet?

¿Dónde se metió el que me contagió esta última pregunta?

¿A dónde se va lo escrito?

¿Algún día volveré a ver el sol?

¿Por qué las vecinas portuguesas gritan tanto?

¿Por qué sus maridos las aguantan?

¿Cuántas formas tengo de hacerme güey?


20.2.06

Estoy leyendo las memorias de Juan José Arreola (El último juglar, Diana, 1998), escritas, curiosamente, por Orso Arreola, su hijo. Se trata de una selección de pasajes de diarios, cartas y otros escritos del maestro Arreola, en los que cuenta su vida, y de algunos textos redactados por Orso, a partir de anécdotas que escuchó contar a su padre.
Es una impresión temprana, pues he leído apenas una tercera parte del volumen, pero las memorias, hayan salido de la pluma de Orso o de Juan José, son terriblemente aburridas. Sobre todo comparadas con los textos de ficción que el dueño de las memorias escribió, firmó y publicó. Estos suelen ser ágiles y atrevidos, de una manufactura sorprendente y de una gran sagacidad. Todo lo contrario de la narración que de la juventud del autor se hace en "El último juglar". Aunque esto no impide al mismo JJ afirmar con frecuencia estársela pasando bomba.
Esto me recuerda lo que hace unos días una persona cercana me decía sobre mi blog. Me dijo que le parecía impersonal, que no mostraba el carácter del autor porque éste, o sea yo, no se abre al lector. Es hermético. Me dijo otras cosas, pero ésta es la que más me marcó. Le dije que la intención de este espacio no era presentar abiertamente la personalidad del autor, ni tampoco contar pormenores de su vida. Al menos no más que los pormenores de la vida de cualquier otra persona. Pero después de la discusión seguí rumiando la idea de hacer de este espacio algo más íntimo, en que mi persona quede más inmiscuida.
Al final decidí que, desde cualquier punto de vista, la idea no me parecía interesante. Creo que la publicación inmediata elimina gran parte del interés de un texto verdaderamente íntimo. Hay gente interesada en leer las memorias de Arreola, porque se interesan en él como autor, o por la ridícula manía que tenemos de creer que conocer la vida de los grandes creadores forzosamente nos ayudará a ser mejores. Y esto en todo caso sucede cuando la intimidad del autor se ha vuelto ya historia, material de estudio, datos que se pueden interpretar con cierta distancia. Cuando el chisme se ha convertido en erudición y las dudas en batallas ganadas o perdidas. Es decir, le intimidad inmediata no es otra cosa más que morboso mitote.
El blog es un espacio de libertad, como cualquier hoja en blanco, pero que se consume en el acto. Su doble escencia, inmediata y permanente, lo convierte en un extraño documento cuyos alcances todavía estamos explorando. Hay que esperar al futuro para saber cuáles de los blogs que hoy se leen, o no se leen, permanecerán como documentos de referencia, y por qué razones.
Por ahora, esto mismo que escribo me parece estar fuera de lo que, en algún lugar de mi desparramada idea de la escritura, pertenece a la termática de este blog, salvo por el hecho de que se refiere a su naturaleza misma.
Tal vez cambie de idea, tal vez no. Tal vez el autor de estas palabras se aparezca por aquí a mostrar sus entrecijos, a riesgo de perder sus pocos lectores, o de ganar muchos más, según sus entrecijos sean malos o buenos chismes. Por lo pronto me quedo con la profunda idea de Yépez, quien afirmó que escribir sólo un blog son puterías, o algo así.

17.2.06

Caminamos por la rivera del río, por un costado de Nuestra Señora, la catedral parisina. Nos acercamos por el lado de la fachada, aparatosamente limpia, chata y brillante como los rostros de las actrices cuando se las ve fuera de la pantalla. Bajo el frío la plaza estaba desierta. Las gárgolas, encandiladas por los potentes reflectores, se parapetaban entre los innumerables vericuetos de los muros, sin atreverse a alargar sus ya estériles cuellos. Al pasar por un costado del edificio, el viento nos dio un respiro. Desde ahí, la enorme tortuga a nuestro lado parecía prepararse para el sueño bajo una luz más lunar.

Llegamos por fin al barco en donde se haría el concierto, más adelante sobre la misma rivera. Cuando entramos, los litros de cerveza con que habíamos preparado la caminata se desperezaron, y se agitaron con el vaivén de las aguas del Sena. Desde nuestra mesa veíamos, sobre las aguas tranquilas, la piedra magnífica del puente de la Tournelle, y detrás de él el culo de Notre Dame, su mejor cara.

La vista era casi acogedora. Tal vez porque a la cara inferior de las piedras de la Tournelle ningún gran poeta le comprometió el color histórico con su memorable inspiración. Pero el cuadro no duró mucho. Entre las piedras y la danza involuntaria sobre el agua, el cambio de presente fue como un tsunami en el estrecho canalizado del Sena.

Sobre la pared del fondo del salón se sucedieron imágenes de la Ciudad de México, alternando días grises y noches de tráfico, ejes viales y edificios de colores. Desde el escenario junto a ellas, Wakal nos hacía llegar ritmos electro, contrapunteado de voces de merolicos chilangos y músicos tepiteños. En la guitarra, Neet-us aseguraba una impro sensual y certera. El chileno Ismael, del otro lado, se retorcía detrás de la trompeta, luchando sobre el ritmo del acordeón norteño como sobre un toro bravo.

La fusión tuvo un efecto demoledor. El cuadro, el barco, la música, el público. El viaje sobre “La balle au bond” fue corto pero intenso, sin soltar amarras nos llevó hasta un cruce de mares irreconocible, en donde lo único que sobrevivió a la tormenta fue un CD cortesía de Wakal y las ganas de una fiesta donde se cante “sólo tengo este pinche disco”.

15.2.06

Un día inolvidable

Una vez más la realidad, esa fémina desdeñosa y seductora, demostró ser más poderosa que la imaginación. El día de ayer, lo que se suponía iba a ser la llana conclusión de un trámite a dúo, un pequeño y privado éxito administrativo, se convirtió en la ruptura de un amplio aunque discreto contenedor, un dique apenas sospechado desde los bajos valles de la vida cotidiana, y del que surgió incontenible un alud de cercanías y cariños, sonrisas y confetis, música y colores. Soles victoriosos sobre nubes grises, flores por generación espontánea, bicicletas alegóricas frente al ayuntamiento del distrito diez. Plumas blancas como puentes, cafés carnavalescos, accidentes como chistes. Amigos tempraneros, desvelados, divertidos y flamantes. Amigos infalibles, valientes, poderosos. Amigos orfebres de la luz nocturna, brazos largos y fuertes, alegres y constantes. Amigos redondos, amigos circulares, sin lados ni bordes. Amigos, amigos, amigos, y dos corazones festejados, rellenos de realidad y de sorpresa, hinchados de vida y de un 14 de febrero que supo estar en el lugar adecuado. No puedo describirlo más, porque Harmodio ya lo hizo mejor, y porque no tendría palabras para hacerlo. Sólo me queda pedir que en estas líneas sea leída mi más profunda y sincera gratitud hacia todos aquellos que estuvieron ahí, de una u otra manera, para festejar el PACS (paquete promocional francés, especie de miniboda o maxinoviazgo) de Ana y Miguel.

12.2.06

El plantón

Nos dejaron plantados. En el Bistrot de l'Horloge, en ese minibarrio que tantas veces había rodeado sin atreverme a entrar, nos encontramos únicamente, de los cinco o seis que estábamos previstos, el Señor Secretario y yo. Ya sentados y conscientes de nuestra triste situación, resolvimos tomar al toro por los cuernos y nos resignamos a pedir unas cervezas, esperando la hora en que servirían el Cus Cus, cortesía de la casa.
A la primera ronda siguió otra, y otra más, hasta que, dos horas después del horario en que se suponía nos servirían el Cus Cus, comenzamos a impacientarnos. Preguntamos a uno de los ocho meseros, que desde que llegamos no hacían otra cosa que bromear en la barra, cuánto tiempo más habría que esperar. El tipo, voluminoso y vestido con una playera a la Pepe el Toro, se limitó a cambiarnos de mesa. Si sólo éramos dos, teníamos que dejar lugar para la demás gente.
Mi impaciencia aumentó. Teníamos cita para ir después a casa de un amigo, y ya teníamos retraso.
- Vámonos de aquí - sugerí al Señor Secretario.
Pero éste, con la sabiduría que le caracteriza, me dijo:
- Ni madres. Yo no me voy de aquí sin mi Cus Cus.
- Pero son capaces de hacernos esperar una hora más.
- Ahorita les armo un desmadre - dijo sentencioso no sé si para calmarme o para asustarme.
Para colmo, el Pepe el Toro de Argelia nos sentó junto a un par de francesas de esas que al Señor Secretario no le gustan, pero que no deja de festejar. En cuanto éste las vio, se olvidó del Cus Cus, de los reclamos y de los amigos que ya comenzaban a marcar a mi teléfono para reclamarnos nuestro retraso.
Entre el plantón, el hambre, la mareada que el Señor Secretario le estaba pegando a las francesas, la fealdad de éstas y la presión de los amigos, estaba ya a punto de levantarme y plantar por séptima vez al mismísimo Señor Secretario cuando Pehpe El-Tohrim vino a servirnos el tan anhelado Cus Cus, afirmando que debíamos pedir otra ronda si queríamos comer.
El Señor Secretario, olvidando por primera vez a las vecinas, y con la diplomacia que le caracteriza, dijo que ya había tomado suficiente esa noche y que no iba a pedir nada más. Acto seguido, ensartó un merguez con el cuchillo y se lo llevó a la boca ante la mirada atónica del argelino, que ya se dirigía hacia la barra en busca de su jefe.
Para nuestra suerte, a esa hora el restaurante estaba tan lleno, y los meseros tan ocupados, que antes de que el patrón se apareciera ya nos habíamos comido nuestra ración, pagado nuestro consumo y estábamos casi listos para partir. Casi, porque el de nuevo exhultante Señor Secretario, recobradas las fuerzas, se despedía de las vecinas de mesa desplegando galantería e ingenio.
Al final pudimos partir, y llegar con retraso a casa de nuestro amigo, en donde bromeamos alegremente hasta que en un momento dado el Señor Secretario, al parecer molesto por un chiste que no le gustó, me dijo con la autoridad que le caracteriza:
- Cállate o te invito un Cus Cus.

8.2.06

En realidad los hombres no tenemos por qué comprender la vida de los demás. Aunque nuestras tristezas y amarguras son casi seguramente una misma, aunque nuestras alegrías y esperanzas podrían reducirse a una sola, grande e imposible, la verdad es que no hay motivo para suponer que un hombre es capaz de comprender la pena, el miedo o el aburrimiento de otro, vivan lejos o cerca, se hayan mucho, poco o nunca.

Se ha dicho que el conocer la vida del prójimo ayuda a entenderlo mejor, y por ende a comprender aunque sea un poco la relación que tenemos o podríamos tener con él.

Yo no sé para qué puede servir un blog, pero si no es para lo que el párrafo anterior pregona, me parece que no agrega nada a la utilidad que pueda tener un cuaderno de notas o una charla con uno mismo.

Esta mañana, luego de algunos días en los que lo urgente secuestró mis actividades, tuve la oportunidad de hacer de mi tiempo lo que mejor me pareciera. Al principio me pareció que lo mejor sería escribir un poco. Pero luego de algunos minutos me dije que tal vez una lectura sería una mejor forma de volver del ritmo algo histérico en que había caído últimamente. Por fin, incapaz de concentrarme en ninguna de esas actividades, decidí hacerme cargo de pendientes de orden práctico que no requerían mucha actividad intelectual.

Me decidí a sacar adelante un trámite pendiente ante la administración, para el cual necesitaba antes que nada obtener una cita mediante una llamada telefónica. Durante las últimas semanas he estado llamando, en diferentes horarios, con distintos ánimos e con insistencia variable, sin lograr obtener la cita. Me senté frente a mi teléfono y me dediqué a marcar, una y otra vez, decidido a no dejarme desmotivar por el infalible tono de la línea ocupada. En un par de ocasiones sucedió, como era previsible, que una operadora tomaba mi llamada y la mandaba a esperar en la sala infinita del cableado burocrático, hasta que desaparecía de improviso como succionada por un hoyo negro con corbata y horarios fijos.

No es muy difícil en esas condiciones entrar en un estado de trance en que lo único posible, imaginable, es marcar infinitamente el mismo número (con dieciséis líneas) mientras la mirada busca el punto más blando del espacio físico para ahí perderse hasta nuevo aviso.

Una voz rompió de pronto la anestesia de la espera, sin preámbulos, sin operadoras ni tonos de espera, sin grabaciones ni agradecimientos por su paciencia, ni disculpas encabronantes o amables tonos condescendientes. Peor aún, era una voz agradable. Simpática.

Cuando la cita quedó hecha, cinco minutos después, el vacío de la urgencia perdida se hizo grande en la boca de mi estómago. Ansioso, busqué entre mis tareas pendientes una cita por arreglar.

2.2.06

Del frío como tortura psicológica


Querido blog:


Hoy no me pasó nada muy interesante. Me levanté temprano y tuve que salir a hacer unas vueltas a una zona de la ciudad que no es muy bonita. Pero luego fui a hacia el centro, y visité la biblioteca de la escuela de medicina, que está ¡preciosa! Es un edificio grande y muy viejo, en el centro de París, justo en el Barrio Latino, ¡ya te imaginarás! Lo tienen super bien cuidado, bien limpio, y me sentí como si estuviera en el siglo XVII, cuando se construyó. Me atendieron unos señores bien inteligentes, sabían todo de la enorme biblioteca esa, y eran super amables. El mostrador estaba rodeado por los bustos de dos sabios de la medicina: Guliano y Hipócrates (creo que así se escribe). !Impresionante! Como que se siente uno motivado ante franceses de tanta sabiduría. Ya adentro pude admirar la belleza de la sala de lectura, que era ¡bellísima! (Y ni te cuento de las alumnas que estaban ahí estudiando, guapísimas, todas rubias y bien aplicadas, porque aquí las muchachas sí vienen a la bilbioteca a estudiar, no a ligar). Luego de ahí me fui a recorrer las maravillosas calles del Barrio Latino, y a Saint Germain de Prés. Me quedé sin cenar por pagarme un café frente a la iglesia de Sant Germain, pero valió la pena, porque no hay mejores cafés en todo París. Más tarde leí, en el blog de un señor que se llamaba Harmónico, algo que dijo nuestra talentosa Guadalupe Loaeza, gran conocedora de esta "Ciudad luz" (porque así la llaman por su iluminado público, único en el mundo): "¿Por qué no habrán inventado una Big Mac a la francesa, hecha con queso camembert y una rica salsa en las que son expertos?" Y me dije, "es verdad, ¿cómo no lo se les ha ocurrido antes?" Si algo así existiera, me hubiera alcanzado para comer algo aunque sea pequeño pero francés, sin tener que ir al odioso McDonalds donde la comida, lo dice la mimsa Loaeza, sabe a plástico. No cabe duda de que Loaeza tiene unas puntadas geniales. Para que vean que en México también hay talentos! Bueno, pues ya es tarde. Me voy a comprar una baguette para cenar algo y luego a dormir. Bonne nuit!

31.1.06

El lejano ecuador

Hoy me desperté con el pecho oprimido por el peso de los grados centígrados que se nos fueron. Durante la noche escuché su paso apresurado camino hacia el sur, donde los llama la samba o las cuecas, los koalas y canguros, las piñas y el ayahuasca. Descubrí en mi cuerpo atropellado, revolcado, pisoteado por la manada histérica, las marcas de las espuelas que usan para emigrar, pequeñas y filosas. Difíciles de curar. Tuve aún fuerza para gritarles que volvieran, con la esperanza de convencer por lo menos a media docena de ellos de quedarse, pero ni la teoría de la traslación de la tierra ni la ratificación del tratado de Kyoto fueron argumentos que valieran. Los vi partir. Eran los últimos que quedaban. No tuve más remedio que cubrirme las heridas y salir a la calle, seguir a la multitud que erraba en busca del rayito de sol perdido. Hacia mediodía comenzó a correr la voz de que un medio grado había sido visto cerca de los jardines de Luxemburgo. No estaba lejos. Me dirigí ahí a toda velocidad. El lugar estaba lleno de gente postrada alrededor de la fuente. Desconsolados lloraban, frente a la enorme pila de hielo en donde se reflejaba el palacio del Senado, la partida del último medio grado rumbo al ecuador.
Miguel Tapia Alcaraz

30.1.06

Bahía de Altata vía Combray

Fui invitado a cenar a casa de J, paisano y viejo amigo recientemente instalado en estas tierras. Decidí posponer la sesión de lectura que me había prometido y acepté la invitación. J vino por mí a la estación de trenes. Caminamos hasta su departamento bajo una nieve fina y dura. Su novia y un amigo nos esperaban frente a una mesita con martinis, salchichón y pepinillos. Desde el ventanal del balcón se veían los reflejos de la ciudad sobre el agua de un pequeño lago. J me dijo orgulloso que en ocasiones iba a correr a orillas de aquella agua fría. Fue entonces que me decidí a hacerle el pequeño pero significativo regalo que le había preparado: una lata de chilorio de pavo Chata. Me agradeció francamente sorprendido, la mirada un tanto extraviada a orillas de otras aguas, más calientes y efusivas, sobre una larga costa del Pacífico.

Luego de la cena retomamos la tarea de ponernos al tanto de nuestras vidas, reunidas de nuevo luego de algunos años de distancia. Al llegar a los detalles del presente me comunicó su aflicción: esa misma tarde le habían anunciado el fracaso de un proyecto en el que había invertido buena parte de su tiempo. Su desazón me recordó la mía propia, cuando recién dejé mi país hace cuatro años. Me sentí sinceramente solidario, y la charla continuó con muy buen ánimo hasta que la concurrencia acordó salir a tomar un trago. Yo debía tomar el tren y me despedí. Antes de separarnos decidieron ir a una discoteca. La noche era aún joven.

Al día siguiente me levanté temprano y abrí En busca del tiempo perdido. Releí el primer capítulo. Mientras me internaba en esa escritura paciente y extensa, como las aguas de una bahía del Mar de Cortés, el recuerdo de la primera lectura removió algunos sedimentos en mi memoria. Acompañé al personaje de Proust a través de esa cortina de indefinición en que se pasa del sueño a la vigilia, de la rememoración al presente, de una amistad en la tierra natal a un reencuentro en un país lejano y de otra lengua. Mientras Marcel se sentaba ante su mesa invitado por su madre, J miraba tal vez el lago ahora iluminado por el sol a través de su ventanal. Se preguntaba por el siguiente paso a dar en aquel mundo inasible en que se despertaba. La memoria vuelve cargada con la gracia materna en el simple acto de servir té en una tasa, ponerlo sobre la mesa junto a una tierna magdalena. El espíritu se suspende ante la invasión intempestiva de un aroma viejo y cercano, un sabor definitorio y fuera del tiempo, la felicidad al fin de cuentas en el acto de llevarse a la boca un tortilla de harina rellena con chilorio de pavo Chata.

Nota: aquellos a quienes no les resulte chocante la expresión "El chilorio de Proust", primer título que se mocurrió para este post, pueden tomarlo en cuenta. Para el resto, favor de ignorar la presente nota.

27.1.06

Johny y Yépez

A Heriberto Yépez yo ni lo conozco. No lo he visto. No he leido sus libros ni conozco su historia. Vaya, yo ni supiera cómo escribe si no fuera por su blog. Pero me gustó tanto lo que publicó sobre los blogs y los blogueros que decidí agregar en este sitio un vínculo a su página. Total, no creo que esto haga enojar a nadie.

Y a propósito de Heriberto Yépez: qué fácil es perder el estilo en el ciberespacio. En el mundo de los blogs, que cada vez más se asemeja a nuestro mundo real, la completa libertad se presenta de nuevo como inapropiada para el consumo humano. Nos resulta indigesta. Pero creo que esta indigestión, como toda buena purga, debe traernos cosas positivas. Cuando Yépez dice que "el blog is almost dead" lo que en verdad está viendo es que este planeta de escritores, al que nos despertamos un día sin que nadie se lo esperara, se va dando cuenta de lo irreal de su realidad. El blog como espacio de intercambio nació agonizando, se hunde en la inmensidad de voces que libremente se gritan, se empujan, se meten zancadilla. La blogósfera es un cementerio en el que se pudren los fetos de los libros nunca escritos, la inmensa bilbioteca sin catálogo en la que se reducen a polvo las obras de balbuceadores prolijos. Es la fosa común de nuestras voces, afónicas de querer hacerse escuchar. Por eso el bloguero despotrica, se queja, insulta, se olvida de lo que quería contar y se retuerce queriendo morder su propia cola. Como todo perro terminará, si no por entender que no la puede alcanzar, por fatigarse y buscar la forma de calmar su otra hambre, la inmediata y urgente. Contoneándose se acercará a un jardín verde y fresco, se llenará el hocico de hierba. Purgará su anhelo de libertad indigesto. Al final callará con la mirada fija en la masa pestilente, con un cuestionamiento extrañado: ¿eso estaba dentro de mí? La blogósfera es un hoyo negro: lo que se escribe ahí desaparece en la inmensidad. No hay formas, fórmulas ni formularios. En el ciberespacio perder el estilo es comenzar a encontrar su propio estilo.

26.1.06

No lo vuelvo a hacer

Estaba yo con José Alfredo tomándome un café en un bar muy viejo y bonito que él mismo escogió. Yo bebía de mi café con leche, calentito y espumoso, cuando de pronto un tremendo novelón marca Vargas Dulché que iba pasando por ahí perdió el control y fue a meterse hasta el fondo del local, despedazando la vidriera con un estruendo horrible. Quedamos tan golpeados después del accidente que decidimos ir de inmediato a un centro de urgencias que se encuentra justo al otro lado de la ciudad. Nos montamos en nuestras bicicletas y pedaleamos jugando a quién quebraba más charquitos congelados con las ruedas. En el centro de emergencias había mucha gente y mucho alcohol. Cuando ya estábamos medio borrachos, dos muchachas nos dijeron que el doctor que cura haciendo llorar a la gente de plano ese día no nos iba a atender. Nos recomendaron ir a otro centro, que estaba ahí cerca, y donde se hacen terapias de grupo. Las sesiones son largas, pero si uno sigue las indicaciones acaba llorando tanto como si hubiera tenido sesión doble con el famoso doctor. Llegamos al centro y nos pusimos a hablar y a beber, pues el tratamiento siempre incluye alcohol. Ya estábamos sintiendo ganas de llorar cuando José Alfredo comenzó a tener alucinaciones. Veía seres que volvían de otros tiempos y lugares para arreglar extrañas cuentas con él. Decidimos irnos a otro centro. Por suerte en esa zona de la ciudad hay varios. Pasamos así de un grupo a otro, y lo poco que nos curábamos en cada uno lo perdíamos después en el trayecto bajo el frío. La jornada se alargó, y terminó como suelen terminar esos accidentes. No pudimos llorar ni curarnos, pero nos encontramos con gente que estaba en una situación parecida a la nuestra, y compartiendo nuestros dolores la pena fue más llevadera. Fue en ese momento que José Alfredo hizo lo suyo y nos deleitó con algunas de sus canciones. Sólo que la velada terminó de golpe a eso de las cuatro de la mañana. Mi jalador de orejas satelital se activó sorpresivamente. Intenté contarle la historia que acaban de leer pero al parecer no le pareció convincente y me llevó de los chivitos desde los Jardines de Luxemburgo hasta mi cama, caminando y bajo un frío tan espantoso que ya ni los charquitos congelados que se acumulaban en mi camino pude quebrar.

23.1.06

De cómo y cuán bien se me quiere

Sartre dijo que la literatura sólo existe como acto social. Sólo se concreta cuando el círculo creativo y de comunicación se cierra con la lectura. Un escritor sentado frente a su cuaderno o PC no es literatura. Tampoco lo es una excelente edición de un texto de Bolaño o de Kawabata, dispuestos en un lugar de honor en una biblioteca. Un impaciente lector que le roba horas al trabajo para leer a Coetzee tampoco es literatura, pero con ese sólo acto permite que ésta por fin despliegue su magia y su poder. La escritura, el texto y el acto de lectura son igualmente necesarios para que ese ciclo que se llama literatura pueda existir, con su doble carácter de efímera, por su manifestación, y eterna por su influencia.

La literatura se reconstruye, así, cada vez que un lector cierra de nuevo el ciclo. Y esto es posible decirlo no sólo de la literatura, sino de cualquier proceso comunicativo. Se dice que vivimos en una sociedad de la información. Todo a nuestro alrededor son mensajes, signos que recibimos e interpretamos de manera consciente o inconsciente. El hombre contemporáneo se enfrenta a millones de mensajes al día, y esto, afirman algunos, lo ha vuelto, frente al poder de la comunicación, menos inocente que el hombre de cualquier otra época.

Es curioso que recuerde todo esto mientras observo, frente a mí, el regalo que recibí hace poco. Se trata de un gorilita de peluche color café, sentado con sus piernas y brazos, regordetes y acojinados, extendidos hacia el frente. De entre sus piernas surge una enorme banana, pelada a medias, que le llega hasta la barbilla y que sostiene con ambos brazos, como abrazándola. Sus ojos están bien abiertos y sus pupilas miran discretamente hacia el lado derecho, como si vigilara que nadie se acerque y lo descubra con semejante banana pelada entre las manos.

No pude evitar sentir alegría cuando lo recibí. Creo que nunca me habían regalado un mono de peluche tan particular. Pero luego pensé en nuestro tiempo, en los signos y en la inocencia perdida ante la comunicación, y en silencio me pregunté qué demonios significaba aquello. Desde luego no significa lo mismo ahora que si me lo hubieran regalado durante mi infancia o (por suerte no fue el caso) en mi adolescencia, ni quiere decir lo mismo que si, en lugar de una joven despreocupada, me lo hubiera regalado una tía lejana o un jalisquillo de reputación dudosa.

Dejo para otra ocasión el comentario de las opciones interpretativas que me cruzaron por la mente, y me limito a compartir el nombre que he pensado darle al simpático gorila: Branly. Aunque tal vez habría que aclarar que branler, en este país, se lee como la expresión vulgar de "provocar placer sexual excitando las partes genitales con ayuda de la mano".

22.1.06

A mi gorro

Compré un gorrito, un sombrero, una boina. Es de pana color negra, con una visera corta y un botón pequeño en lo alto. Los sombreros no sólo sirven de adorno. Son también una protección para la cabeza. Sobre todo en invierno. La mollera es una de las partes del cuerpo por donde más perdemos calor. ¿Qué necesidad tendrá la mollera de dejar escapar tanto calor, que estos meses es tan necesario? Será tal vez la ausencia de músculos en la zona. Los músculos, con su movimiento, son fuente de calor. Por eso es fácil mantener calientes los brazos y las piernas. Basta con ponerlos en acción durante un tiempo y pronto sentimos cómo el flujo reconfortante de calor nos recorre como una caricia. Aunque luego la mollera se empecina a dejar escapar lo que con esfuerzos el cuerpo logró acumular. En la cabeza sólo se pueden poner en acción las neuronas, pero por lo visto éstas no producen mucho calor. Por más que intento pensar en un tema complicado, como el futuro de la humanidad o la existencia de Marilyn Manson, la mollera no más no se calienta. Y lo que es peor, ya entrado en consideraciones tan seductoras, con frecuencia me alejo demasiado del presente inmediato y pongo en peligro mi boina misma y por tanto mi temperatura corporal. Me ha sucedido al menos tres veces esta semana. Sentado en un vagón del metro, me entrego a reflexiones o ensueños que son más profundos mientras más largo es el viaje. Cuando llego a la estación destino, me levanto y salgo del vagón con la elegancia que me caracteriza, pero no tardo mucho en volver la cabeza al sentir una cierta agitación, y escuchar detrás de mí voces como: “Monsieur, votre bonnet! (Señor, su gorro)”, o “Monsieur, le chapeau, monsieur” (Señor, el sombrero). Y me doy cuenta entonces de cuán funcionales y sacrificados, cuán protectores, incluso en formas insospechadas, son estos gorritos. Llegan al extremo, cuando a uno se le va la cabeza, de ponerse en peligro a sí mismos tirándose al suelo del vagón con tal de llamar nuestra atención y hacernos volver a la realidad. Nos salvan así de perder tiempo en fabricar hipótesis insanas, así como del peligro real de ser atropellados por un fúrico motociclista al intentar cruzar en ese estado algún boulevard. Definitivamente, en días tan fríos no puedo menos que sentirme feliz y afortunado de contar con tan cumplido gorro.