27.2.07
De lo sublime a lo ridículo
21.2.07
16.2.07
10.2.07

Miguel, modesto como es, no estuvo de acuerdo con la idea de mencionar dicha gira de presentación aquí, pero lo hago de cualquier forma. Y no es que esté particularmente orgulloso del logro de nuestro amigo, pero su falsa modestia me exaspera, y además tiendo a contradecirlo, en especial en fechas recientes. ¿Será que ésto da muestras de una posible crisis en nuestra relación?
Retomo también el teclado por un sentido del deber ante la literatura: ha sido puesto en mis manos el destino de una historia, comenzada en un comentario de este blog, y cuya continuación fue ligada por el autor (¿autora?) a la publicación de más actualizaciones. Un saludo para el comentarista y quedamos en espera de la segunda parte.
21.12.06
Debo ser uno de los blogueros, si soy uno, que más insultos y amenazas recibe de parte de sus lectores. En mis diatribas inútiles sobre la función que debía cumplir esta bitácora, jamás consideré este escenario como una posibilidad. Pero sin duda es consecuencia de una de las pocas decisiones que llegué a tomar respecto a tayoc: el blog sería lo que tenía que ser, sin restricciones ni forcejeos, según el ánimo de quien escribe y quienes comentan. Así que confiaré en que todo es parte de una evolución constructiva, y que no será necesario emprender ningún tipo de represalia o acto autodestructivo.
AT se suscribió a la revista Nexos, que ofrecía en promoción, a elegir, una novela de Rubem Fonseca o de Luis Spota. Le recomendé que pidiera cualquiera de Fonseca. Un día después me envió un correo en el que decía que alguien en Nexos le escribió agradeciendo su suscripción, y sintió mucho informarle que no tenía en existencia libros de ninguno de los dos autores ofrecidos en la promoción. A cambio le ofreció que escogiese "el título de su preferencia" entre las siguientes opciones: Las rosas eran de otro modo de José Joaquín Blanco y El corazón prestado de Víctor Manuel Mendiola. Le contesté que no he leido a ninguno de los dos, pero que desconfío de cualquier autor que incluya la palabra rosa en el título de su obra (lo hice en su momento del mismo Eco). Hoy me llegó la excelente respuesta: una copia del correo enviado directamente a la persona concernida en Nexos:
Sta L.
Quiero el que no tiene rosas en el título.
Gracias
Por cierto, Miguel presentó en Culiacán, Mazatlán y Los Mochis su libro "Los caimanes". Las presentaciones fueron exitosas, en especial la de Culiacán, en la que sus amigos y familiares abarrotaron el salón audiovisual de la biblioteca Gilberto Owen y se arrebataron de las manos los insuficientes ejemplares de la publicación. Miguel está muy agradecido y a la vez emocionado. Tanto que se negó a escribir una entrada en este espacio que, se lo he dicho cientos de veces, es también suyo. Les envío un saludo de su parte aunque él no me lo haya pedido, pues sé que esa es su voluntad.
6.12.06
Despertar en el DF
Volver es como despertarse tarde. Conviven en el estado de ánimo la desazón ante el brusco cambio de realidad, y la seguridad poco a poco reafirmada de que nos encontramos ante una certeza incuestionable y conocida: el mundo real, el mundo de los vivos y los despiertos. El mundo que vuelve a estar ahí siempre que perdemos cada una de esas otras realidades, tan grandes y verdaderas como la original, pero que se diferencian de ésta en que no son periódicas. Si todas las noches soñáramos el mismo sueño, ¿qué lo distinguiría del mundo real? Nada.
Por eso volver y despertar es casi lo mismo. Uno vuelve siempre al mismo sitio, pero se va a lugares diferentes. Y al volver abre uno los ojos a una habitación de paredes y muebles reconocibles desde siempre. El cambio puede ser violento, decepcionante o aliviador, pero siempre el marco de la puerta, la luz que se filtra por la cortina, el ruido en las calles y el olor del aire terminan por convencernos de que éste, y no el otro, es el repetido mundo de los despiertos.
Algo reaparece siempre desfasado, sin embargo. En el transcurso del viaje-sueño hay lugar para minúsculos cambios, y el despertar suele ir acompañado de pequeñas sorpresas. Junto al reconocimiento del orden afirmado, vienen esos oyos negros que son las viejas noticias conocidas por todos, menos por uno. Volver es como despertarse tarde. En la modorra donde usualmente se dan voces mañaneras, huele a café recién hecho, o se escuchan las regaderas de los vecinos, puede reinar el silencio o la luz extraña de una hora inusual.
Sales de la cama, te asomas a las habitaciones, a la calle, a la luz del día que en lugar de nacer muere. Escuchas a lo lejos, entre los ecos de la ciudad, la vida cotidiana que se escapa, se te escurre burlona. Te preguntas si el sueño de que despiertas duró doce horas o tres días. ¿Meses? ¿Años? El mundo está ahí pero, ¿dónde están todos? Un sombra se convierte poco a poco en un rostro definitorio, y sabes entonces que el sueño fue largo e intenso, pero que ahora, al menos por esta vez, has vuelto.
Volví.
10.11.06
"Lo más triste fue devolverle su taza"
"En mi casa (cuarto) sólo tenía una y durante dos meses nos la turnamos. Un día de invierno llegué con un regalito, una taza azul; así lo hice propietario de una taza y de un lugarcito en mi despensa. Pasó el tiempo y llegamos a tener hasta tres despensas y tres piezas.
Cuando él fue a buscar sus petenencias, le dejé todas sus cosas envueltas con cuidado en un cartón (entre ellas un computador, una cadenita, sus pantalones, sus camisas...); metí todo, hasta los lápices que nunca utilizo, menos la tacita azul. Le hubiese dado una vajilla entera menos la taza.
Él no dejó de remarcarlo y me la reclamó. Yo le dije la verdad: que se había roto."
4.11.06
Al poco tiempo acompañé a Miguel de vuelta al viejo edificio de piedra. Fuimos a escuchar la lectura del testamento del último suicida. Más crudos que circunspectos, los presentes no esperaban grandes sorpresas. Sin embargo hubo algunas. De la gran fortuna que el ahora occiso logró amasar en bonos de la ilusión universal, los herederos no verían ni un solo cinco. De hecho, dijo el administrador del difunto, tal fortuna había sido adquirida gracias a sucios manejos de las ganancias del suicida, y existía más en el papel que en la realidad. Fue un duro golpe para los supuestos beneficiarios de la herencia, quienes esperaban poder guardar al menos un poco de la tan comentada fortuna. Pero no era todo. El mismo administrador destapó en seguida la existencia, largamente ocultada, de pasivos enormes en letras de hábito y costumbre, sentimiento de pertenencia y hogar, así como de dependencia físico-espacial, que se repartieron por igual entre ambos herederos aún cuando no faltaron los reclamos. La peor parte estaba reservada para el final. Luego de la decepcionante repartición de bienes, que se revelaron más bien magros, vino la cláusula de despojo de ese último recurso de los dolientes: los buenos recuerdos. Mediante una fórmula inmediata e infalible, los haberes de memorias felices, que ya se contaban como intocables en las cuentas personales de los herederos, fueron trocados en dudas y sospechas, en irresolubles mezclas de sórdidas evocaciones que nadie, o al menos ninguno de nosotros, habíamos sospechado. Era la cláusula de la verdad desnuda, y su aplicación tuvo carácter de irrevocable. Al salir del edificio, y mientras miraba el punto en que el difunto había dejado los dientes, Miguel dijo con voz serena y apagada: “hijo de su p…, loco!”
2.11.06
Día de muertos
* Ver Réquiem aquí debajo
10.10.06
Muchacho Satánico
(¿Para cuándo el de Soy electrónico?)
9.10.06
Réquiem
Mientras yo decidía que comería pasta a la boloñesa, y me preparaba para salir al mercado a comprar carne molida, un joven vecino de mi edificio tomó otra decisión: el tiempo vivido hasta ahora le era suficiente para darse cuenta de que esta vida no merece la paciencia que exige. Se encontraba en calzones y chamarra de mezclilla, y por su ventana del sexto piso entraba un sol radiante mezclado al ruido de la calle. El mismo ruido que me llegaba a los oídos mientras me disponía a cerrar la puerta de mi departamento, entre despistado y dormido, casi sin prestar atención al extraño golpe, seco y frío, que subió seguido de un lento silencio hasta mi quinto piso. Mientras bajaba las escaleras me fui convenciendo de que afuera algo luminoso y terrible me esperaba. Cuando estuve en la acera miré en dirección al mercado. Una muchedumbre reunida en torno al café de la esquina me impedía verlo. La gente se apretaba contra sí misma en un mutismo desconcertante, levantaban y volvían a bajar los rostros maquinalmente, como nulificados a la vez por un botón supremo. Antes que yo llegó a la esquina un camión de paramédicos. El botón supremo operó un retiro conjunto hacia cualquiera de las otras tres esquinas. Entonces lo vi, fresco y joven y pequeño, con expresión tranquila y postura descansada. El vecino estaba extendido junto a una de las mesas de la terraza, en donde cayó luego de rebotar contra el toldo colorado del café. Su rostro blanco, su piel suave, parecían aliviados bajo la frescura del mediodía otoñal, refulgían entre el calzón oscuro y los calcetines negros. Uno de los paramédicos sostenía la chaqueta de mezclilla. Una señora apretaba contra su vientre el rostro descompuesto de un joven que sollozaba sobre la única silla que permanecía ocupada en el lugar. Un barrendero africano dijo que lo vio saltar desde su sexto piso, de manera por demás inexplicable porque, ¿qué puede causar tanto mal a un joven europeo y blanco que todo lo tiene? Un adulto pálido y encorbatado, que tal vez recordaba con pánico a su propio hijo, lo reprendió y se alejó disgustado, mientras más paramédicos intentaban reanimar al vecino caído. La espera era inútil. Entré al mercado y, sin atreverme a cuestionar mi programa, compré carne molida en descuento y salsa de tomate. Cuando salí, el sol brillaba aún con más fuerza sobre la multitud que comenzaba a dispersarse; dejaba caer con violencia o tal vez rencor su cobriza luz de octubre sobre una manta blanca al pie del café. Su fulgor complicaba distinguir a primera vista el fragmento de calcetín que aún asomaba, el pequeño hilo de sangre encandilado que corría hacia la alcantarilla.
2.10.06
21.9.06
Afirma el profesor Sykes que británicos e irlandeses descienden de españoles. Ibéricos pescadores que hace cosa de seis mil años cruzaron el canal de la Mancha y, haciendo escala en la cultura celta, dieron origen no sólo al pueblo escocés, como hasta ahora se pensaba, sino al irlandés y al inglés. Afirma. No sé cómo vayan a recibir los ingleses esta precisión que se refiere, más que a la historia cultural, a la historia genética. Ese nombre que hoy alcanza la talla de un gigante incuestionable, imponente, impredecible. La genética. El profesor Sykes pretende que la mayoría de los británicos tiene un ADN casi idéntico al de los habitantes de la costa norte española de hace seis mil años. Más que de pueblos de origen misterioso y llegados a Inglaterra desde algún punto de Europa central, los británicos descienden pues de los españoles. Es un hecho científico. Pretende. Pero no le queda más que aceptar que, culturalmente, la versión de que los escoceses pertenecen a otra raza sigue sosteniéndose. Aunque no explica por qué exactamente. Sykes elimina muchas etapas y hace una conclusión que simplifica mucho, pero vende más. ¿Cómo contradecirlo si lo ha demostrado genética y estadísticamente? La genética hoy es aún incuestionable, sobre todo porque no sabemos de lo que es capaz. Carajo, tal vez llegue a evidenciar que no somos sino una mala combinación de genes, defectuosa y anacrónica, a la que no le quede sino hacerse a un lado para ceder el lugar a toda una serie de razas cada vez mejores. Las generaciones de modelos diseñados por computadora o genios cada vez más artificiales se sucederán como los teléfonos celulares, como iPods o como misiles teledirigidos. Pero nos queda la aclaración. Esa aclaración que es el reconocimiento en letra chica de lo que la genética puede en realidad contra la inercia, la costumbre, la anquilosa manía de ser humano. La cultura, pues. Nos queda el reconocimiento al margen de que pasaporte mata ADN. Discurso mata método. Insinúa. Sykes es un científico ultramoderno, y algo más. Capaz, sabio, mediático... y literario.
15.9.06
Josefina tiene en su casa un grillo. Un bicho verde y creciente que se come su ropa y los adornos hechos en tela. Su pasatiempo favorito mientras digiere los pedazos de artesanía, es parase en medio del techo, contemplando hacia abajo el rostro de su coinquilina que lo mira, lo maldice y fuma un cigarrillo. El puto grillo es mudo, se queja Josefina. No canta. Sólo se come mi ropa. Y además debe ser mutante, porque el humo del tabaco no lo mata. Hasta antes de que el grillo se instalara en su departamento, Josefina afirmaba que el hombre es el único animal que soporta el humo del cigarrillo. Nunca se han visto ratas en casa de un fumador, aseguraba. Aunque aclaro que un fumador es alguien que consume tres cajetillas diarias desde hace cuarenta y cinco años, como ella. Pero este grillo no sólo no se muere, sino que vive y sigue creciendo a costa de todo lo hecho en tela; enmudece colgado a mitad del techo, como quien se tira sobre la blanca arena de una playa desierta a disfrutar la penumbra del salón de Josefina. ¿Pero desde cuándo vive ese grillo en tu casa? Cuatro meses, contesta, y su expresión dice que ya conoce la reflexión que se prepara. Al grillo no debería quedarle mucho tiempo de vida, pero si sigue creciendo de esa manera deberá tomar muy en serio una página de Internet, donde se anuncia que en no recuerdo qué valle los grillos del lugar, grandes y coloridos, se venden en hasta 10 dólares. Son dos cajetillas de cigarrillos en esta ciudad, dice ella mientras mira hacia el horizonte. Luego olvida el asunto y se pone a fumar, esperando que el grillo cabrón se muera o por lo menos cante. Yo la observo y me doy cuenta de que, yo también, tengo en mi casa un grillo.
18.6.06
Mañanitas para McCartney
"Will you still need me, will you still feed me, when I have £800 millions?"
* Traducción para poetas no invitados al mundial: "¿Me necesitarás aún, me alimentarás aún, cuando tenga £800 millones?"