20.4.07
19.4.07
Rutina Zen
13.4.07
Ofrenda Huiqui
Emocionado por la publicación del Manifiesto de la Literatura Huiqui, quiero sumarme a la celebración con el siguiente huiquitexto:
levítico.moisés.gastón_lhe.wiki
Llamó a Moisés y le pidió que se sentara en una banca de madera, hecha del tronco de un árbol caído frente a la entrada de la propiedad.
- Ahora que tienes lo que buscabas, muéstrate agradecido y no falles. Haz lo que se te ha dicho. Dile a tu gente que esperamos ver muestras de fidelidad.
Moisés afirmó en silencio.
- Ve y diles que tengan cuidado con lo que hacen. El Señor es bondadoso pero castiga a quienes no se muestran a la altura. ¿Me entiendes?
- Perfectamente, Señor -, dijo Moisés y dio una larga fumada a su cigarro.
- Diles que si alguno de ustedes falla de manera involuntaria, el Señor hará que lo traigan a punta de cuerno de chivo, lo llevarán al patio donde está la noria y ahí le agujerarán las tripas. Luego lo colgarán de la boca del pozo para que se desangre, y para que los zopilotes se lo coman desde las patas, espectáculo que gusta al Señor.
Moisés esta vez no habló, ni afirmó. Dio a entender que comprendía con un brillo tímido en los ojos, mientras su cigarro se consumía lentamente.
- Si alguno de ustedes falla a propósito, o por imbécil, se le hará traer a punta de cuerno de chivo y será llevado al patio de la noria. Le serán arrancadas las uñas de pies y manos, y la piel de la cara a jirones para darlas de comer a los gallinazos frente sus ojos pelones. Luego será colgado de la boca del pozo para que se desangre y los zopilotes de lo coman desde la planta de los pies, porque al Señor le gusta ver por su ventana las parvadas carroñeras bajando día y noche desde el cielo ardiente.
Moisés pasó saliva y tuve el coraje de afirmar con la cabeza de manera casi imperceptible. Pensaba en por qué tenían que haberlo enviado a él, a que le detallaran las horribles venganzas que sufriría en caso de que el acuerdo entre sus jefes no funcionara.
- Si alguno de ustedes me roba parte de la mercancía, o intenta entregarme, o me quiere ver la cara de pendejo de alguna manera, a punto de cuerno de chivo será traído hasta aquí junto con sus compinches, y las madres, hermanas e hijas de cada uno de ellos. Serán todos llevados al patio de la noria, amarrados y puestos a salar al sol durante dos días enteros, antes de abrirles las tripas para embarrar la piedra del pozo y llamar a los zopilotes, que vendrán a comérselos poco a poco comenzando por el ombligo, para que el Señor pueda ver ese espectáculo que tanto le gusta durante varios días con sus noches. ¿Estás entendiendo, Moisés? Y además, iremos a buscar sus casas, y les prenderemos fuego…
Moisés pensaba que debió hacer caso a su madre y quedarse en el rancho ayudando a su padre con el tractor. Quería salir de ahí cuanto antes, pero el Señor no dejaba de mirarlo con esos ojos que parecían garras de cuervo, encabronados desde ahora a pesar de que acababan de firmar un acuerdo importante. Alrededor de ellos, en la amplia finca callada y verde, un ejército disimulado entre los muros y autos vigilaba la conversación.
- … y a los traidores, luego de que los hayan desangrado los zopilotes, les cortaremos la cabeza y la arrojaremos junto con un mensaje al interior de alguna comisaría, o de un restaurante donde esté comiendo el hijo de puta que los sobornó, y traeremos después a todos los del bando contrario hasta la noria, para colgarlos vivos de las patas y que se los coman los zopi…
- Sí, Señor, esa parte ya me la explicó, entiendo perfecta…
- ¡Cállese el hocico y déjeme hablar! ¿O qué, no quiere regresar vivo con su gente y darles la buena noticia?
Estas son las instrucciones que dio el Señor al pobre campesino Moisés, para que las llevara a sus colegas, sobre la banca hecha de un tronco caído a la entrada de la finca más protegida del país.
10.4.07
15.3.07

Por otra parte, repongo aquí un fragmento de relato que se me traspaginó y que me fue reclamado:
- Tómelo – dije, con la misma calma con que él se había dirigido a mí.
El hombre alargó la mano libre y tomó los billetes que esperaban con medio cuerpo en la ranura del cajero. Se los llevó frente al rostro y, abriéndolos en abanico entre los dedos con el gesto teatral de una bailarina de flamenco, los contó.
- ¿Es todo? – preguntó.
- Sí.
Metió los billetes en un bolsillo y, con el mismo paso de rengo con que se me acercó en un principio, se alejó del lugar con dirección a la entrada del metro. Lo miré avanzar mientras se llevaba la mano con el cutter al bolsillo del abrigo. Lo seguí durante algunos metros, pero cuando se dio cuenta de ello giró por un pasadizo estrecho, por entre una serie de contenedores instalados ahí por el municipio, rumbo a la zona de calles angostas y poco transitadas del barrio.
Por la avenida se acercaba una patrulla de la policía. Yo pensé en David Lynch, en la fila de gente que en ese momento se revolvía de impaciencia y frío en espera de poder entrar a la sala del cine. La calma no peleó el lugar en mi ánimo a una cierta indignación ante lo que acababa de ocurrir. Pero sobre todo, fue la imagen de mí mismo sentado ante las escenas incomprensibles que me esperaban, sin dinero e indigesto de resignación, lo que me empujó a lanzarme en el – en ese momento estaba persuadido de ello – inútil y engorroso episodio que se avecinaba.
Alcé la mano de pie sobre la acera. La patrulla se detuvo.
10.3.07
Fuera de Francia, la policía francesa tiene fama de eficaz. En el interior, tiene fama de ser prepotente y altanera. Luego de mi experiencia reciente, no puedo desmentir ninguna de las dos reputaciones. Seis días después de haberme presentado en la comisaría a denunciar un asalto con arma blanca, un agente me llama y me deja un recado en mi teléfono. Tienen a un sospechoso que coincide con la descripción que hice y que actúa según un método parecido al de mi agresor. Sí, le agradecemos su colaboración, y ahora es importante que venga a identificarlo. Le dije que pasaría esa misma noche y así lo hice. Pero en la recepción de la comisaría nadie estaba enterado que yo debía presentarme a identificar a un sospechoso. Vuelva mañana durante el día y hable con la persona que lo contactó por teléfono, me dijeron. A la mañana siguiente, a las nueve con cinco minutos, me llama el mismo agente del día anterior
- ¿Qué pasó? - me preguntó secamente luego de anunciarme su nombre.
- Pues no sé – contesté –, fui a la comisaría y nadie me supo dar información.
- Me acaban de decir mis colegas que usted no se presentó.
- Pues me habrán atendido otros…
- No. No me diga que vino porque no es verdad. Si usted no se toma en serio este asunto, no debió presentar su denuncia en un principio. Y si me dice que va a venir…
Tomó un largo intercambio de acusaciones y desmentidos antes de que nos diéramos cuenta de que lo que en realidad sucedió fue que yo me presenté a la comisaría del segundo distrito, mientras que el agente me llamaba desde el distrito número doce. De nada sirvió verificarlo, porque ante el agente la culpa seguía siendo mía. En eso se parecía a los policías mexicanos (al menos a los que he conocido). El error nunca es suyo. El error no puede ser suyo. Con todo, me presenté algunas horas después en la comisaría del doceavo distrito, convencido de que era mi deber terminar con ese asunto. Para mi suerte, no me atendió el agente infalible, sino una oficial con acento sureño. Durante el tiempo que llevó el proceso de identificación y levantamiento de la denuncia formal (el detenido era, en efecto, el mismo que me había robado), me agradeció en varias ocasiones mi presencia y colaboración. Al final, puso a mi disposición una serie de números de teléfono a los que podría llamar en caso de necesitar apoyo psicológico por la violencia sufrida, para pedir información sobre el desarrollo del caso, en caso de necesitar asesoría jurídica, etc. Cuando me acompañó a la puerta de salida, me agradeció una vez más y volvió, el rostro sonriente y orgulloso, a su puesto. Nunca he logrado llegar hasta este punto del proceso en los casos en que he sido víctima de un delito en México, de manera que no podría hacer una comparación objetiva. Pero tengo la sensación de que la experiencia debe ser muy distinta. De pie bajo la lluvia, bajo las frías letras que anuncian la sede de la policía en el bulevar Daumesnil, me di cuenta de que seguí hasta ese punto más por curiosidad hacia el funcionamiento del método policiaco, que por responsabilidad civil o reales deseos de llevar a mi agresor tras las rejas.
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Nuestro estimado colega, compañero del taller literario, el "maestro" Marcos Eymar, obtuvo merecidamente el premio Tiflos de libro de cuentos por su estupenda obra Objetos encontrados. Un abrazo y mis más sinceras felicitaciones por esta alegre noticia. ¡Enhorabuena!
6.3.07
- Vamos a comenzar con una descripción, ¿qué tipo de fisonomía tenía el hombre?
Lo hemos escuchado, visto en las películas o leído en novelas policiacas, pero cuando uno lo vive en carne propia se da cuenta de que no es nada fácil describir, detalle por detalle, el rostro y cuerpo de una persona a la que sólo se vio por unos segundos y con los sentidos alterados por la rabia, el miedo o la indignación, o todos ellos juntos.
- Pues, era grande...
- ¿Tipo europeo, caucásico, mediterráneo, surafricano...?
- Pues, verá...
Agente experimentada, la mujer - tipo surafricano, grandes labios y cachetes carnosos, ojos negros y aburridos - no tardó en darse cuenta de que yo no tenía idea de cómo describir a mi atacante. Cuando al final dije "europeo", la oficial marcó, en el programa de la computadora, además del indicado, los tipos caucásico y mediterráneo.
Otros rubros, más o menos complicados, se sucedieron: ¿cara cuadrada, redonda, oval, rectangular?, ¿nariz aguileña, respingona, chata?, ¿ojos, cejas, cabello, bigote, berrugas, piel, barbilla...?
Luego de algunos minutos y bastante confusión, el sistema reunió en un listado las fotos de personas que, según su base de datos, correspondían a los datos que le dí. La agente me pidió que las mirara con atención y le dijera si identificaba al agresor.
Viendo aquella larga lista de rostros, parecidos hasta cierto punto pero a la vez completamente distintos unos de otros, comencé a sentir el mismo mareo que me invadió la noche del asalto, ya a salvo y frente a la pantalla del cine, a mitad de la película de Lynch que no quise perderme a causa de un asalto.
En Inland Empire, uno de los elementos que ayudan a crear el clima de aturdimiento - además de las tres horas inmisericordes que dura el filme - es la omnipresencia del rostro de Laura Dern, encarnando con versatilidad impactante a varios personajes, o las varias vidas de un posible único personaje.
Cuando observaba la foto número setenta comencé a creer que toda esa caterva de agresores en potencia eran un mismo rostro en diferentes situaciones, un mismo Lauro Dern acusado por distintas víctimas de cometer delitos varios. ¿O era tal vez como en Palíndromas, de Todd Solondz, aquella otra película perturbadora en la que diferentes actrices representan al mismo personaje a lo largo de una misma historia, dejando al espectador al borde primero de la nausea, y de la histeria después? ¿Todos esos rostros, de tipo caucásico y nariz recta, de piel blanca y labios pequeños, todos a un metro ochenta del suelo, no eran las distintas caras de un mismo agresor universal, inalcanzable y ubicuo, escurridizo e incomprensible como Lynch o Solondz?
No supe cuántas fotografías vi. No supe cuántos de aquellos rostros eran el mismo que el anterior o si eran diferentes entre ellos, del de la agente o del mío mismo.
-¿Entonces...?
- Preguntó ella.
- No, le dije. No es ninguno de ellos.
1.3.07
Frente al edificio de la Bolsa están las sucursales de dos bancos. Me acerqué a la primera, del banco BNP, que está en la esquina de la calle Viviana y la calle de la Bolsa. Introduje mi tarjeta en uno de los tres cajeros automáticos que dan sobre la calle Viviana, que cruza frente a la fachada de la antigua sede bursátil y continúa estrechamente hacia los Grandes Bulevares. Cuando la máquina contaba discretamente los billetes que debía entregarme, vi por el rabillo del ojo a un hombre acercarse a pie, desde la calle San Marco, y aproximarse decididamente hasta quedar a mi lado. Tocando mi hombro con su hombro izquierdo, me mostró el cutter que sostenía en la mano derecha. "Anda, dame tu dinero", me dijo con voz serena y grave.
El individuo era grande, más bien un poco corpulento. Cojeaba un poco al caminar y al hacerlo se ayudaba con un bastón. En su mano blanca y callosa sostenía un cutter viejo, con la hoja oxidada saliendo del mango de plástico amarillo. Su rostro estaba cerca del mío, como si buscara leer sobre la pantalla del cajero. En ese momento la ranura de entrega de billetes emitió un sonido eléctrico, como de un pequeño motor. La cubierta metálica comenzó a levantarse. Yo miraba alternadamente la mano con el cutter y la ranura por donde en cualquier momento asomaría el dinero. La mano tranquila, serena; el cutter de hoja larga y flexible, débil pero oxidada; el aliento del hombre que parecía estar sobrio y no tener prisa. Un bastón que lo ayudaba a caminar. ¿Sería capaz de sostenerse de pie sin él? Esa hoja oxidada y temblorosa, ¿tendría aún suficiente firmeza y filo para ser una amenaza?
En la esquina había un café del que salían voces. Algunos autos transitaban por la avenida Plaza de la Bolsa, indiferentes. Nadie circulaba sobre la acera en que el hombre y yo mirábamos hacia el tablero de la máquina.
Un billete de 20 euros y dos de 10 se asomaron apenas por la ranura, en espera de que yo tirara de ellos para extraerlos por completo. Sin mirar al hombre a la cara, y casi extrañado por no sentir miedo, abrí la boca y dije...
27.2.07
De lo sublime a lo ridículo
21.2.07
16.2.07
10.2.07

Miguel, modesto como es, no estuvo de acuerdo con la idea de mencionar dicha gira de presentación aquí, pero lo hago de cualquier forma. Y no es que esté particularmente orgulloso del logro de nuestro amigo, pero su falsa modestia me exaspera, y además tiendo a contradecirlo, en especial en fechas recientes. ¿Será que ésto da muestras de una posible crisis en nuestra relación?
Retomo también el teclado por un sentido del deber ante la literatura: ha sido puesto en mis manos el destino de una historia, comenzada en un comentario de este blog, y cuya continuación fue ligada por el autor (¿autora?) a la publicación de más actualizaciones. Un saludo para el comentarista y quedamos en espera de la segunda parte.
21.12.06
Debo ser uno de los blogueros, si soy uno, que más insultos y amenazas recibe de parte de sus lectores. En mis diatribas inútiles sobre la función que debía cumplir esta bitácora, jamás consideré este escenario como una posibilidad. Pero sin duda es consecuencia de una de las pocas decisiones que llegué a tomar respecto a tayoc: el blog sería lo que tenía que ser, sin restricciones ni forcejeos, según el ánimo de quien escribe y quienes comentan. Así que confiaré en que todo es parte de una evolución constructiva, y que no será necesario emprender ningún tipo de represalia o acto autodestructivo.
AT se suscribió a la revista Nexos, que ofrecía en promoción, a elegir, una novela de Rubem Fonseca o de Luis Spota. Le recomendé que pidiera cualquiera de Fonseca. Un día después me envió un correo en el que decía que alguien en Nexos le escribió agradeciendo su suscripción, y sintió mucho informarle que no tenía en existencia libros de ninguno de los dos autores ofrecidos en la promoción. A cambio le ofreció que escogiese "el título de su preferencia" entre las siguientes opciones: Las rosas eran de otro modo de José Joaquín Blanco y El corazón prestado de Víctor Manuel Mendiola. Le contesté que no he leido a ninguno de los dos, pero que desconfío de cualquier autor que incluya la palabra rosa en el título de su obra (lo hice en su momento del mismo Eco). Hoy me llegó la excelente respuesta: una copia del correo enviado directamente a la persona concernida en Nexos:
Sta L.
Quiero el que no tiene rosas en el título.
Gracias
Por cierto, Miguel presentó en Culiacán, Mazatlán y Los Mochis su libro "Los caimanes". Las presentaciones fueron exitosas, en especial la de Culiacán, en la que sus amigos y familiares abarrotaron el salón audiovisual de la biblioteca Gilberto Owen y se arrebataron de las manos los insuficientes ejemplares de la publicación. Miguel está muy agradecido y a la vez emocionado. Tanto que se negó a escribir una entrada en este espacio que, se lo he dicho cientos de veces, es también suyo. Les envío un saludo de su parte aunque él no me lo haya pedido, pues sé que esa es su voluntad.
6.12.06
Despertar en el DF
Volver es como despertarse tarde. Conviven en el estado de ánimo la desazón ante el brusco cambio de realidad, y la seguridad poco a poco reafirmada de que nos encontramos ante una certeza incuestionable y conocida: el mundo real, el mundo de los vivos y los despiertos. El mundo que vuelve a estar ahí siempre que perdemos cada una de esas otras realidades, tan grandes y verdaderas como la original, pero que se diferencian de ésta en que no son periódicas. Si todas las noches soñáramos el mismo sueño, ¿qué lo distinguiría del mundo real? Nada.
Por eso volver y despertar es casi lo mismo. Uno vuelve siempre al mismo sitio, pero se va a lugares diferentes. Y al volver abre uno los ojos a una habitación de paredes y muebles reconocibles desde siempre. El cambio puede ser violento, decepcionante o aliviador, pero siempre el marco de la puerta, la luz que se filtra por la cortina, el ruido en las calles y el olor del aire terminan por convencernos de que éste, y no el otro, es el repetido mundo de los despiertos.
Algo reaparece siempre desfasado, sin embargo. En el transcurso del viaje-sueño hay lugar para minúsculos cambios, y el despertar suele ir acompañado de pequeñas sorpresas. Junto al reconocimiento del orden afirmado, vienen esos oyos negros que son las viejas noticias conocidas por todos, menos por uno. Volver es como despertarse tarde. En la modorra donde usualmente se dan voces mañaneras, huele a café recién hecho, o se escuchan las regaderas de los vecinos, puede reinar el silencio o la luz extraña de una hora inusual.
Sales de la cama, te asomas a las habitaciones, a la calle, a la luz del día que en lugar de nacer muere. Escuchas a lo lejos, entre los ecos de la ciudad, la vida cotidiana que se escapa, se te escurre burlona. Te preguntas si el sueño de que despiertas duró doce horas o tres días. ¿Meses? ¿Años? El mundo está ahí pero, ¿dónde están todos? Un sombra se convierte poco a poco en un rostro definitorio, y sabes entonces que el sueño fue largo e intenso, pero que ahora, al menos por esta vez, has vuelto.
Volví.
10.11.06
"Lo más triste fue devolverle su taza"
"En mi casa (cuarto) sólo tenía una y durante dos meses nos la turnamos. Un día de invierno llegué con un regalito, una taza azul; así lo hice propietario de una taza y de un lugarcito en mi despensa. Pasó el tiempo y llegamos a tener hasta tres despensas y tres piezas.
Cuando él fue a buscar sus petenencias, le dejé todas sus cosas envueltas con cuidado en un cartón (entre ellas un computador, una cadenita, sus pantalones, sus camisas...); metí todo, hasta los lápices que nunca utilizo, menos la tacita azul. Le hubiese dado una vajilla entera menos la taza.
Él no dejó de remarcarlo y me la reclamó. Yo le dije la verdad: que se había roto."