4.11.06

Al poco tiempo acompañé a Miguel de vuelta al viejo edificio de piedra. Fuimos a escuchar la lectura del testamento del último suicida. Más crudos que circunspectos, los presentes no esperaban grandes sorpresas. Sin embargo hubo algunas. De la gran fortuna que el ahora occiso logró amasar en bonos de la ilusión universal, los herederos no verían ni un solo cinco. De hecho, dijo el administrador del difunto, tal fortuna había sido adquirida gracias a sucios manejos de las ganancias del suicida, y existía más en el papel que en la realidad. Fue un duro golpe para los supuestos beneficiarios de la herencia, quienes esperaban poder guardar al menos un poco de la tan comentada fortuna. Pero no era todo. El mismo administrador destapó en seguida la existencia, largamente ocultada, de pasivos enormes en letras de hábito y costumbre, sentimiento de pertenencia y hogar, así como de dependencia físico-espacial, que se repartieron por igual entre ambos herederos aún cuando no faltaron los reclamos. La peor parte estaba reservada para el final. Luego de la decepcionante repartición de bienes, que se revelaron más bien magros, vino la cláusula de despojo de ese último recurso de los dolientes: los buenos recuerdos. Mediante una fórmula inmediata e infalible, los haberes de memorias felices, que ya se contaban como intocables en las cuentas personales de los herederos, fueron trocados en dudas y sospechas, en irresolubles mezclas de sórdidas evocaciones que nadie, o al menos ninguno de nosotros, habíamos sospechado. Era la cláusula de la verdad desnuda, y su aplicación tuvo carácter de irrevocable. Al salir del edificio, y mientras miraba el punto en que el difunto había dejado los dientes, Miguel dijo con voz serena y apagada: “hijo de su p…, loco!”

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Lo mas triste fue devolverle su taza.
En mi casa ( cuarto) solo tenia una y durante dos meses nos la turnamos. un dia de invierno llegue con un regalito, una taza azul; asi lo hice propietario de uNA taza y de un lugarcito en mi despensa. paso el tiempo y llegamos a tener hasta tres despensas y tres piezas.
Cuando él fue a buscar sus petenencias, le deje todas sus cosas envueltas con cuidado en un carton( entre ellas un computador, una cadenita, sus pantalones, sus camisas..). meti todo, hasta los lapices que nuca utilizo, menos la tacita azul.le hubiese dado una vajilla entera menos la taza.
El no dejo de remarcarlo y me la reclamo. Yo le dije la verdad: que se habia roto.

Anónimo dijo...

Porque nada es para siempre,
porque hasta la belleza cansa
el amor acaba !!! ay principe !! para cada ocasion una cancion.

Pintura